La participación en las elecciones a las 14 horas sube dos puntos hasta el 36,9 %
El gran derrotado del 28-N erró al reeditar el tripartito, sublevó a las dos almas del PSC y falló con sus decisiones en campaña
30 nov 2010 . Actualizado a las 02:00 h.José Montilla pasará a la historia como el primer presidente de la Generalitat no nacido en Cataluña. La llegada al poder de un charnego fue algo así, salvando las distancias, como la de Barack Obama a la Casa Blanca. Pero también lo hará por haber conducido al PSC a una debacle histórica que lo ha obligado a arrojar la toalla.
Hombre de silencios prolongados e incómodos -entrevistarle suele ser una tortura-, tímido, inexpresivo, aburrido y gris, Montilla se había labrado, sin embargo, fama de gran trabajador, buen gestor y hábil negociador, como demostró al lograr un buen acuerdo de financiación para Cataluña.
Montilla firmó su sentencia cuando aceptó encabezar el segundo tripartito. Fue su primer y grave error de origen. Heredó esa fórmula de Maragall, un político opuesto a él, brillante, carismático, con sólida formación universitaria y el alcalde que llevó los Juegos Olímpicos a Barcelona. Mas ganó las elecciones del 2006 claramente, con 11 escaños de diferencia, pero, sin embargo, los socialistas se aferraron al poder, aunque fuera a costa de volver a pactar con ERC e ICV y formar un Gobierno con tres cabezas. La división y los líos internos se pagan en las urnas, mucho más en tiempos de crisis.
Dejando aparte los que protagonizó al frente del Gobierno durante estos cuatro años, como jugar a veces a ser más nacionalista que los nacionalistas, Montilla cometió otros dos serios errores de estrategia durante la campaña. El más grave, renunciar de entrada a reeditar el tripartito a la vez que elogiaba la obra realizada. «Hemos transformado el país de pies a cabeza», decía en una entrevista concedida a La Voz.
La contrapregunta era obligada: ¿si el balance es tan positivo, por qué lo descarta? Montilla insistió: «El tripartito no ha fracasado, al contrario, ha hecho un gran servicio al país», respondió. Su argumento era que los que habían cambiado eran sus socios.
«El increíble hombre normal», como lo bautizaron las juventudes del PSC, cometió otro fallo al anunciar que era la última vez que optaba a la presidencia. Una forma de tratar de captar el voto de simpatía para el político que se va. Pero eso era convertirse en un «pato cojo» con fecha de caducidad. Con sus vaivenes en el Gobierno, además, Montilla ha enfadado a la vez a las dos almas del PSC, la más catalanista y la más españolistas. Eso ha tenido su traducción el 28-N.
Nacido en el seno de una familia humilde hace 55 años en la aldea de El Remolino, una pedanía de Iznájar (Córdoba) de unas cuarenta casas, se trasladó a Puerto Genil con 11 y con 16 dio el salto a Cataluña que cambió por completo su vida. Nunca pudo imaginar que se acabaría convirtiendo en la máxima autoridad de su tierra de acogida. Como ha repetido en la campaña, nadie le regaló nada, pero supo escalar con habilidad de trepador en el aparato del partido. Alcalde de Cornellá durante 19 años, ministro de Industria y presidente. Un carrera imparable y ahora una dura caída.
Muy pronto comenzó a militar, primero en un grupo maoísta, luego en el PSUC para recalar en el PSC en 1978. En una reciente entrevista dijo que prefería la Biblia que El Capital de Karl Marx, que calificó de «tostón». Pero su vena marxista le salió en el Palau Sant Jordi , donde dijo que «un tsunami conservador recorre toda Europa» y se presentó como el espigón para comenzar a frenarlo en Cataluña. Pasó todo lo contrario.