El PSOE acierta cuando rectifica

Aunque los cambios en el Gobierno quizá llegan tarde, el presidente ha soltado un zapatazo que se ha sentido en el PP y revela que aún queda mucho partido


El domingo pasado por la noche los aviones procedentes de Canarias transportaban a decenas de dirigentes del Partido Popular eufóricos tras la reunión interparlamentaria. Un periodista que estaba entre el pasaje lo percibió como una fiesta: «Se ven ya en la Moncloa». El lunes pasado, la fractura era apreciable en el PSOE y se agrandaba. La durísima batalla entre Tomás Gómez y Trinidad Jiménez dibujó la grieta.

Algunos de los integrantes del grupo Nueva Vía -que animó la candidatura de ZP al liderazgo- criticaban con dureza creciente a Alfredo Pérez Rubalcaba. Las cosas iban de mal en peor, y casi todos los errores estratégicos de Zapatero en su selección de personal, amplificados por la crisis y el desgaste, subrayaban esa debilidad. «La comunicación es un desastre en los tres frentes principales», confesaba un miembro del actual Gobierno. Y añadía: «Se sabe que la vicepresidenta y portavoz quiere irse y hará bien, porque ya no comunica nada. Leire Pajín no conecta con el partido. Y José Antonio Alonso no es el mejor portavoz parlamentario no quería ese puesto.»

En tiempos en los que hay que explicar tantas cosas, y algunas casi inexplicables, fallar en comunicación es garantía de fracaso. Más aún: uno de los promotores en su día de la candidatura de Zapatero, ahora con ingratitud extrema, lo contaba hace unos días con verdadera acritud: «José Luis no hace selección de personal. Prefiere los castings».

El miércoles, el presidente del Gobierno soltó un zapatazo. Rubalcaba vicepresidente y portavoz. Ramón Jáuregui, a Presidencia y, cabe entender, portavoz adjunto. Leire al Gobierno, pero lejos de la maquinaria del partido. Un guiño a la izquierda con Rosa Aguilar. Otro a los sindicatos con Valeriano Gómez. Y, en el ascenso de Rubalcaba, cabe leer también un mensaje hacia los históricos del partido, Felipe González incluido. José María Aznar, desde la oposición, ya se lo decía a Felipe en las Cortes: «Ustedes, los socialistas, solo aciertan cuando rectifican».

Quizá es tarde, porque ZP juega ya la prórroga de la legislatura, una prórroga que obtuvo gracias al PNV, o sea, a un árbitro del colegio vasco en este caso comprado, y a los linieres del colegio canario, también recompensados. Pero hay prórroga y partido. Y Zapatero se dispone a jugarlo con la moral del Alcoyano, del que cuenta la leyenda que su extremo sacaba los córneres y acudía al remate.

La convulsión ha sido perceptible. El PP sabe que la ventaja sigue siendo suficiente como para ganar en las generales y anunciarlo en mayo del 2011 en municipales y autonómicas. Pero esa diferencia, ahora, puede dejar de agrandarse; incluso es probable que se reduzca con ayudas como la del alcalde de Valladolid. Por otra parte, en el PSOE se envainan las primeras espadas dispuestas para ajustes internos. No es momento de sacarlas. Por si fuera poco, en esta remodelación el portavoz del partido será Marcelino Iglesias como nuevo secretario de Organización, un histórico con autoridad interna por su brillante gestión al frente del Gobierno aragonés.

En otros puntos de España, el zapatazo del presidente ha supuesto un revulsivo: «A ver si los aires de Madrid van bajando a Andalucía, porque aquí también tenemos cosas que arreglar en el Gobierno de Griñán», indicaba un alto cargo de medios de comunicación andaluces. Metidos a rectificar, como se ve, la tarea no debe darse por acabada.

Para esa prórroga del partido los equipos son potentes. Por un lado, Pérez Rubalcaba, Blanco, Jáuregui, Iglesias y Rosa Aguilar. Enfrente, María Dolores Cospedal, Soraya Sáenz de Santamaría, Arenas -veterano y cargado de tarjetas- y Esteban González Pons, al que deberían darle más minutos de juego. Más allá de la crisis, que es de todos, la batalla será básicamente comunicativa.

Hay mucho que explicar, por lo que quien sepa hacerlo mejor puede tener opciones. Estamos ante un final de legislatura comunicativamente apasionante y políticamente determinante. No solo para saber quién gobernará, sino para comprobar si se han hecho las reformas que el país necesita.

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