El drástico ajuste económico, que no es exclusivo de España, tendrá consecuencias, que podrían ir desde la huelga general hasta la despedida de Rodríguez Zapatero
16 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Nadie ha dado mejor lección para encajar reveses en estos amargos días que David Cameron, el nuevo primer ministro británico: «Voy a tener que comerme algunas de mis palabras, pero hasta puede ser una buena dieta». Cameron había dicho que el liberal Nick Clegg era «un peligro para la seguridad nacional» solo dos días antes de convertirlo en su socio de gobierno. Zapatero prometió que nunca jamás recortaría derechos sociales y ahí está. Lo hizo con una entereza apreciable bajo la atenta mirada de millones de ciudadanos que no daban crédito a lo que escuchaban. «Era el mismo, pero aguantaba menos la mirada a cámara», opinaba un taxista de Santiago de Compostela. Y acto seguido despotricó sin piedad a cuenta del sueldo de su mujer, empleada en el servicio público de salud.
España ha comenzado recortes drásticos para no terminar como Grecia. Pero el propio Reino Unido, Portugal e Italia se han sumado a las medidas. Estamos ante una nueva época. «El chasquido de la gran tijera ya se oye. La mayor poda de todos los tiempos ha comenzado en los jardines europeos. Veremos paisajes desolados, árboles escuálidos y sin ramas, y mucha hojarasca y flores secas», ha escrito Lluis Bassets. La poda, sin embargo, parece insuficiente a Mariano Rajoy, entre otros muchos, que pide cortar presupuestos en RTVE y en los sindicatos.
Fíjense que Zapatero tocó sueldos, congeló pensiones y retiró el cheque bebé, pero no tocó a los sindicatos, acaso para contenerlos en su indignación. Pero Rajoy los ha puesto en la diana. La crónica sobre el dinero del Estado que va a las organizaciones sindicales y la revelación de cómo se utilizaron durante años fondos destinados a la formación de los trabajadores para mantener engrasada la maquinaria sindical está por publicar pero ya escrita.
Estamos en unos tiempos en los que hay que decir verdades como puños, silenciadas hasta ahora, sobre el mal uso de fondos públicos, crónica que pasa por equipamientos excesivos como polideportivos en localidades pobladas de ancianos, auditorios vacíos casi todo el año, o museos de arte donde solo contaban los edificios y muy pocas veces el contenido.
Pero más importante todavía: cuando Zapatero recorta a los funcionarios sugiere que prefiere afectar antes a los que tienen empleo que a los desempleados. Y una gran cuestión queda abierta, la de la dualidad de la sociedad que hemos construido. Hay una parte de la población que corre el riesgo de perder el empleo, o lo ha perdido ya, y otra, muy importante, que lo tiene garantizado de por vida independientemente de su productividad y en ocasiones, hasta de su talento. En épocas de prosperidad eso no se cuestiona, pero cuando llegan las vacas flacas, el asunto puede sublevar a los que pagan el pato. No es descartable que si la crisis es sostenida y profunda, esa realidad, hasta ahora intocable e incuestionable, se revise.
Pero después del recorte inacabado viene la digestión, o mejor, la gran indigestión. Cualquier hipótesis sobre movilizaciones debe considerarse. Desde imágenes a la griega en las calles hasta una resignación bastante generalizada. «Esto viene a ser como cuando el referendo de la OTAN, que nadie estaba de acuerdo pero que el PSOE sacó adelante el marronazo que nos caía», sostiene un consejero del Gobierno andaluz. El PSOE y los que sacaron a Felipe González del apuro.
Por el momento no hay convocatoria de huelga general, aunque lo más probable es que llegue si el miedo no lo impide. González aguantó una y media, Aznar una, aunque nunca la reconoció como tal, y Rodríguez Zapatero es difícil que se despida sin la suya. Si se libra, quizás será porque él ya no esté ahí, como temen algunos en su partido. ¿Quién le dará los votos en las Cortes para esas reformas si catalanes y vascos no lo hacen? ¿Los populares, aunque compartan el sentido de las medidas y agradezcan en privado que haga el trabajo desagradable por ellos?
Los dirigentes socialistas consultados se remiten al dibujante Peridis cuando sitúa a Rajoy «a la espera del santo advenimiento». Pero en situaciones dramáticas, la indigestión puede traer cualquier cosa.