La gran brecha de la vieja Europa

Juan Oliver

ESPAÑA

El PPE arrasa allí donde la derecha se presenta como abanderada de la modernidad, mientras el socialismo solo resiste donde no utiliza un discurso del siglo pasado

09 jun 2009 . Actualizado a las 09:55 h.

El batacazo electoral del socialismo europeo en las elecciones del domingo puede entenderse en clave nacional. Porque es evidente que, más que por sus errores en la Eurocámara, a la socialdemocracia de la UE la han hundido la agonía de Gordon Brown en el Reino Unido, la inconsistencia del SPD en Alemania, el caos fratricida del Partido Socialista francés y la incapacidad de la izquierda italiana para ofrecer alternativas al imperio personalista de Berlusconi.

Pero sería muy simplista quedarse solamente con una lectura interna de la derrota. La socialdemocracia europea atraviesa en su conjunto una crisis de profundo calado que corre pareja a la crisis económica del modelo de economía social de mercado que se jacta de haber ideado y puesto en práctica en la segunda mitad del siglo pasado. Y no parece que esa relación sea solo fruto de la casualidad.

Tirón

Los socialistas han aguantado el tirón, con victorias moderadas o derrotas honrosas, en aquellos países donde no pudieron articularse como actores de la vida política hasta los años setenta, como España, Grecia y Portugal, y donde quizá todavía es demasiado pronto para que los conservadores se arriesguen a perder votos por la derecha para disputar el partido en esa zona del campo político que se identifica con la modernidad, el progresismo y el cambio social.

La tarjeta amarilla a Zapatero, la dolorosa pero no mortífera sangría de votos de José Sócrates en Portugal, y el sorpasso de la oposición socialista en Grecia, demuestran que a la socialdemocracia aún le queda recorrido en esa Europa treintañera. Pero está pasando algo muy diferente en la Europa de mediana edad.

En el Reino Unido, los laboristas británicos han agotado la vida útil de esa máquina atrapavotos que Tony Blair bautizó como tercera vía; mientras que en Francia los socialistas se empeñan en seguir utilizando el viejo discurso de la lucha de clases para dirigirse a una generación que se comunica en Facebook y que lo que quiere es trabajar, aunque sea más de 35 horas a la semana y jubilándose a los setenta. Por no hablar del SPD alemán, que está pagando con creces sus enormes contradicciones internas intentando ser al mismo tiempo gobierno y oposición, ni de la izquierda italiana, que aún no ha encontrado la fórmula para criticar a los conservadores sin reducir su argumentario a la identificación entre éxito económico e iniquidad política.

Frente a esa Europa del socialismo viejuno, la derecha triunfa allí donde se presenta como esperanza y no como autoridad, donde ha desvestido de ideologías decimonónicas, donde no diluye sus valores cristianos en el seguidismo a la Iglesia católica, y donde es capaz de enarbolar un modelo de gestión política, económica y medioambiental que no basa su eficacia en la amenaza a las conquistas laborales, en la supresión de derechos sociales o en la explotación insostenible de los recursos naturales. Y en plena crisis económica, eso vale su peso en votos. «Si en España hubiera un Sarkozy, el PSOE estaría acabado por muchos años», asegura un eurodiputado español recién reelegido.

Primera Eurocámara

Hace treinta años, en la primera Eurocámara de la historia, los socialistas tenían el 27% de los escaños, los comunistas el 11% y los conservadores y cristianodemócratas, el 41%. Tras los comicios del domingo, los populares seguirán más o menos con el mismo porcentaje si se incluye en él a los tories británicos y checos, que ya han anunciado que formarán grupo distinto pero ideológicamente equiparable. Por contra, los eurodiputados socialistas apenas ocuparán el 22% de los asientos de la nueva Cámara, mientras que las formaciones tradicionales más a la izquierda no llegarán al 5%.

Quienes crecen al calor de la debacle socialdemocráta, y de una abstención que pone en duda el proyecto de construcción europea, son sobre todo los ecologistas, así como los nacionalistas, en sus múltiples versiones: moderada o ultra, integradora o xenófoba, racista o libertaria, europeísta o antieuropea.