Las elecciones europeas se celebran mañana, pero en Alemania reina la apatía. «Los alemanes están cansados de Europa. No puede ser que decidan en Bruselas el precio del gasoil agrícola o de la leche en nuestro país», explica a La Voz Helmut Isenberg, un jubilado de Renania del Norte-Westfalia. «Aunque lo que sí que hay que agradecer a Europa son 60 años de paz, porque estamos obligados a tirar juntos del mismo carro», confiesa acto seguido. A sus 78 años, aún no sabe si irá a votar mañana. Lo que tiene claro es que no fallará dentro de cuatro meses, el 27 de septiembre, cuando haya que elegir al nuevo Parlamento alemán. Y no tarda en caer el tercer estigma que lastra a los eurodiputados, el de que «el político que no vale en Alemania es el que termina en Europa».
A pesar de que las decisiones que se toman en Estrasburgo y Bruselas influyen decisivamente en la vida diaria de los alemanes, el pasotismo electoral es obvio. Si a las generales acude más del 70%, en las europeas de hace cinco años apenas votó un 43% (colocándose en la media europea, en el puesto 11 de los entonces 25 Estados miembros).
Generales a la vista
Esta cita con la UE sirve a los partidos para calentar motores de cara a las generales. Y curiosamente, según las últimas encuestas, la formación que sufrirá un mayor retroceso será la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Angela Merkel y su ala bávara de la CSU; juntos cosecharían un 34,7% de los votos, casi un 10% menos que en el 2005. Saldrán ganando los socialdemócratas (SPD), que escalarán hasta el 30%, tras la caída de hace cuatro años.
Sin embargo, los expertos creen que los resultados del 7 de junio pronto caerán en el olvido. Y que serán poco representativos de cara a las generales. Uno de los que quitan hierro al asunto es Manfred Güllner, del Instituto Forsa, para quien la campaña europea sirve para probar estrategias electorales, poco más.
No es de extrañar que el SPD haya tapizado Berlín con carteles en los que aparece Frank-Walter Steinmeier, el ahora ministro de Exteriores y vicecanciller de la gran coalición, pero también candidato en septiembre a la jefatura del Gobierno. Es un secreto a voces que el matrimonio de conveniencia, formado por socialdemócratas y conservadores hace cuatro años, tiene ganas de perderse de vista. Steinmeier flanquea en los carteles a Martin Schulz, el eurodiputado socialdemócrata, que lleva desde 1994 en el Parlamento de Estrasburgo y que quiere suceder a su compatriota, el comisario europeo Günter Verheugen, cuyo mandato expira este año, después de mantenerse durante un decenio en el cargo.
En busca de eurocomisario
Estos comicios serían completamente desabridos si no fuera precisamente por la polémica surgida en los últimos días en el seno de la gran coalición sobre quién será el próximo comisario alemán en Bruselas.
Angela Merkel y los conservadores reivindican este derecho después de 15 años de ausencia. Los socialdemócratas exigen que la canciller nomine al comisario europeo, inmediatamente después del 7 de junio y que sea Schulz. Merkel prefiere esperar, ya que si todo sale a pedir de boca debería poder cambiar a los socialdemócratas por los liberales del FDP como socio de coalición, y ambos podrían nominar a uno de los suyos sin batallar con la oposición.