«Soy un fanático de los trenes, estoy de vacaciones en Madrid y en cuanto me enteré de que se inauguraba el AVE a Barcelona no lo dudé y decidí viajar en el primero que saliera». Al ingeniero puertorriqueño Carlos O'Neill no le ha importado pegarse un madrugón para ser le primero en la cola de acceso al flamante S-103. Se le nota en el rostro que se ha levantado a las 4.30, pero está más que contento, feliz.
El abogado José Ramón Fernández Castellanos, con traje y corbata, no va a Barcelona a hacer turismo, sino por asuntos de trabajo. Este barcelonés afincado en la capital tiene una cita a las 9.30. «El AVE es más cómodo que el avión, puedes ir leyendo, trabajando, tienes más espacio y puede moverte con libertad», asegura. «Tenía que haberse hecho antes, pero es un día histórico no para Cataluña, sino para todos los ciudadanos», concluye.
«Con el AVE estás seguro de llegar a la hora», afirma Francisco Barrera, un empresario madrileño que viaja a la Ciudad Condal para asistir a una reunión. La comodidad, la libertad de movimientos, la puntualidad, la buena cobertura de los móviles y la mayor distancia entre asientos son los argumentos que repiten los usuarios del AVE. El espacio entre los asientos del tren es de 93 centímetros, mientras en el avión es de 60.
La colombiana Carmen Domínguez y el empleado de Telefónica Enrique Alcalá añaden otro argumento. «Aquí no se pierde tanto tiempo, no te registran, no tienes que quitarte los zapatos como en el avión», señala la primera, satisfecha al llegar a Sants. «En el AVE no tienes que esperar, no te cachean, llegas, te montas en el tren, enciendes el ordenador, conectas el móvil y puedes ir trabajando y llamar a quien quieras. Pienso repetir, ya no cogeré el puente aéreo», dice.