Se trata de la entrevista más curiosa que he realizado en mi vida: ojalá fuera yo un genio para contarla. El ménage-à-trois de narradores está integrado por la ideóloga y asesora del restaurante Carmen Cuevas, doctora en Medicina, cirugía, etc., su entregado esposo Agustín Arroyo, psiquiatra, y la hermana de Carmen, María José, filóloga y jefe de cocina de este Areté (C. Mediterráneo, 1, Marbella, teléfono 952 777 334). Son cultos, amables, polemistas incansables, unos «empollones», según confiesan ellos mismos, y defienden a ultranza la filosofía que dicen aplicar a su negocio, extraída del milenario concepto helénico Areté, que no es otra cosa que «la virtud, la excelencia, el conocimiento, a través del estudio y el esfuerzo». Se trata de «dar felicidad» al prójimo. También aseguran practicar la cocina de su abuela y su madre, grandes guisanderas, y la mediterránea «que respeta la ecología, pues se consigue máxima salud y alimentación con el menor costo energético y mínimo deterioro de la naturaleza¿». María José es tan simpática y paciente como sus hermanos, luce unas trencitas a lo Pocahontas, pero en rubio, así que no tuve más remedio que hacerle la siguiente pregunta. - Como exégeta en los fogones de vuestra metafísica familiar, ¿crees que el concepto Areté puede captar a ese público que pasa en este momento por el Paseo Marítimo? Y otra cosa: ¿ese carpaccio de buey con vinagreta de pimienta rosa, limón y piñones que figura en tu carta bajo el epígrafe «sensualidad», tiene que ver con la cocina familiar, con la mediterránea, o con qué? -Sí, sí, sí, todo tiene que ver con todo. Yo me embriagué de pequeña con el aroma de los arroces que hacía mi madre¿ y en su día creé para mi marido, que ya no está conmigo, ese arroz con cabrales que figura en carta. A eso nosotras le llamamos cocina del sentimiento, que posee muchas otras manifestaciones en el menú, como la tarta de violetas imperiales, inventada en honor de mi hermana Carmen. ¿Por qué? Porque, cuando éramos pequeñas, ella se pasaba la vida chupando caramelos de violeta. Y se la dediqué así: «la violeta es una hermosa planta de Venus. Para ti, mi odiosa protectora, con mi cariño más profundo». Además, al público le encanta, y eso me reconforta. De hecho, yo, que he vivido muchos infortunios, me refugio en la cocina para consolarme, igual que otros lo hacen en la música o la pintura, y trato de compartir con los demás este bálsamo. ¿Mi currículum, dices? Pues, como cocinera, fui al principio a la escuela de profesores sin pizarra y de maestros sin aula, que me enseñaron sin saberlo a ser. Cuando finalmente comprobé que la vocación y el talento no eran suficientes, me matriculé en la escuela Bellamar, aquí en Marbella, y digamos que luego me doctoré con Simón Padilla en el restaurante del Puente Romano: esa es toda la historia.