Un fiscal para «torear» el proceso de paz

Julio Á. Fariñas REDACCIÓN

ESPAÑA

Perfil | Javier Zaragoza

05 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

?l Consejo de Ministros oficializó ayer el nombramiento de Javier Zaragoza Aguado como fiscal jefe de la Audiencia Nacional. Su aterrizaje en la quinta planta del buque insignia del aparato judicial de este país se producirá el próximo 17 de mayo, cuando concluyan las obras de reforma del despacho que ocupó durante años Eduardo Fungairiño. El hasta ahora jefe de la fiscalía especial antidroga llegará a su nuevo destino en plena feria de San Isidro con el firme propósito de torear el miura del proceso de paz que se puso en marcha con el alto el fuego permanente anunciado el pasado 22 de marzo por la organización terrorista ETA. Para esta faena hace falta temple y tablas, porque le va a tocar asumir un papel clave en la aplicación de las medidas judiciales necesarias para llevar a buen puerto un proceso que, como mínimo, va a exigir el acercamiento de los presos, la vuelta a la legalidad de Batasuna y la aplicación de una nueva política penitenciaria a los reclusos de la banda armada. Y, precisamente, temple y tablas no le faltan a este maño nacido hace 50 años en la localidad turolense de Alcorisa. Ambas virtudes las acreditó con creces en los 18 años de trabajo profesional en la fiscalía antidroga. Desde allí, mano a mano con jueces de la talla de Garzón y Bueren, sacó de los toriles a la vieja guardia del narcotráfico gallego, sentó en el banquillo a lo más granado de la corrupción policial camuflada con tricornio -caso Ucifa- y contribuyó a sentar las bases legales para desposeer a los narcos de los patrimonios acumulados a lo largo de duros años de trabajo. Precio a su cabeza Esa brillante carrera profesional le proporcionó medallas y un gran reconocimiento social, pero también graves riesgos para su integridad física. El más serio fue el planeado por el narcoabogado Pablo Vioque, que puso precio a su cabeza y llegó a encargar su muerte a tres sicarios. Cuando ya la Guardia Civil ya había abortado el complot, pero antes de que saltase a la luz pública, Javier Zaragoza tuvo el temple suficiente para acudir a los estrados y enfrentarse al criminal Vioque, que, camuflado bajo una toga, se defendía a sí mismo. El fiscal no perdió los papeles en ningún momento, a pesar de la sangre fría del reo. Cuando apuntille el miura etarra, la experiencia acumulada también le va resultar útil para afrontar un reto nuevo y no por ello menos complejo: el terrorismo islamista.