Los nuevos trogloditas

Paco Soto BARCELONA

ESPAÑA

Reportaje | Cuevas que alojan mendigos en Barcelona A menos de tres kilómetros de los lujosos edificios de oficinas del Paseo de Gracia, en Barcelona, indigentes de toda clase han excavado en las laderas de la montaña de Montjuich su vivienda

25 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

En la capital del diseño y el seny merodean los nuevos trogloditas. Hombres y mujeres de 20 a 35 años han elegido vivir no lejos de Barcelona en cuevas, entre colchones mugrientos y bidones de agua. Cuando salen de sus cubiles, se dedican a mendigar por el centro de la ciudad. Juan Goytisolo retrataba en Campos de Níjar la miseria de unos hombres que se veían obligados a buscar refugio en cavernas. Pasados los años del desarrollismo y en plena era cibernética, los más pobres entre los pobres siguen buscando un hogar bajo tierra. A diferencia de las cuevas de Guadix, que son un reclamo para los turistas, las cavernas diseminadas por las laderas de Montjuich enseñan la cara menos amable de Barcelona. Las cuevas se encuentran muy cerca del barrio de Poble Sec, donde nació el popular cantautor Joan Manuel Serrat. Están lejos de las grandes avenidas y zonas comerciales, de la Sagrada Familia o del parque Güell. Sólo unos cuantos vecinos de Poble Sec conocen la existencia de estas infraviviendas, y así lo han denunciado a las autoridades municipales. Las grutas están siendo utilizadas por indigentes que, para escapar de la presión policial y de las agresiones de algunas bandas juveniles, huyen a parajes más desiertos y tranquilos. De esta manera no tienen que competir por un lugar donde dormir en Barcelona, donde se estima que hay dos mil personas que viven en la calle. «Conciencia humana» «Los sin techo son como nuevos trogloditas, y una vergüenza para la conciencia humana y el Ayuntamiento de Barcelona», dice Manuel Pérez, un jubilado de 77 años de origen andaluz. Pérez emigró a finales de los cincuenta a Barcelona y conoce de cerca la humillación que puede significar compartir una habitación de diez metros cuadrados con varias personas. Este jubilado considera que estas personas aún están peor que ellos cuando llegaron a Barcelona hace medio siglo, «porque nadie los quiere y se tienen que esconder donde no se les pueda ver». En las cuevas -pobladas en su mayoría por españoles, aunque también hay algunos inmigrantes sin papeles- se amontonan colchones sucios, mantas, latas de comida y bidones de agua, entre otros enseres. Para ver las infraviviendas basta con situarse enfrente de dos colegios que hay en la zona: Del Bosc y Carles I. También se avistan caminando por algunos solares del lugar. «A veces los vemos salir de sus refugios, parecen como hombres de las cavernas; se dirigen seguramente al centro de Barcelona, para mendigar o encontrar comida», explica Jacinta, vecina de la zona. «No suelen relacionarse con la población. Es más, evitan todo contacto con los habitantes del barrio, quizá por miedo a que los denuncien. Pero no son peligrosos ni crean problemas», asegura Manuel Pérez. Para que se entretengan los pobladores, el ayuntamiento ha instalado mesas de ping-pong y porterías en algunos solares polvorientos, a escasos metros de algunos senderos que llevan directamente a las cuevas. Pero no muy lejos de tanta desolación también hay piscinas olímpicas y restaurantes de alto copete. La ciudad de los Juegos y de la posmodernidad sonríe cínicamente a la Barcelona tercermundista. «Aquí le han hecho un maravilloso lavado de cara a la ciudad. Barcelona está de moda, pero hay una ciudad desconocida, una ciudad donde la pobreza y la marginación campan a sus anchas», lamenta Pérez.