Enoturismo en La Mancha

Joaquín Merino MADRID

ESPAÑA

Crítica | Gastronomía COMER EN ESPAÑA: Pago del Vicario El vino es aquí protagonista, y el hotelito, el restaurante y sus terrazas-atalaya, con mucho campo alrededor, asumen en este emporio los obligados papeles secundarios

16 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

Hace un par de semanas, en la columna «Cucharadas» de esta página, anunciaba yo la celebración en Madrid del III Congreso Nacional de Enoturismo, subrayando los orígenes californianos de esta modalidad de consumo vinícola. Los españoles, en cambio, teníamos el divino don sobre la mesa familiar, así como en la taberna de la esquina, por lo que no era preciso trashumar en su busca. Sin embargo, «hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad», ya se sabe, la costumbre ha arraigado en España y yo acabo de pasar 24 horas de vino y rosas, nunca mejor dicho, en el Pago del Vicario (Ctra. Ciudad Real-Porzuna, Km. 16, Ciudad Real. Tfno. 902 092 926), complejo vitivinícola y lúdico creado en el año 2000 por los hermanos Antonio e Ignacio del Barco, pertenecientes a una familia con larga tradición en el ámbito agrícola y específicamente vinícola. Su propiedad, que tiene ya 100 hectáreas de viñedo a pleno rendimiento y otras treinta que pronto se sumarán a la producción, es toda una apertura a los nuevos usos sociales, un grito de modernidad, desde la bodega de diseño futurista al hotelito de cuatro estrellas, con 23 habitaciones y una suite, pasando por el restaurante para 68 comensales, cobijado bajo una bóveda de madera vista con aire noruego, o acaso canadiense, y desde el que se divisan en lontananza los montes de Toledo. El Guadiana fluye por la finca, el arquitecto responsable del proyecto se llama Juan Sánchez y la interiorista, Raquel Sanz. El jefe de cocina, lo más importante para esta sección, José Alfonso Merlo, hijo de la zona pero con gran experiencia profesional. Nuestros «mecenas in situ» serían la joven y brillante enóloga Susana López Mendiondo, ingeniero agrónomo, y su marido José Luis Murcia, periodista de la Agencia EFE, entusiasta enófilo y adorador de su majestad el vino casi desde la infancia. Con ellos visitamos las modélicas bodegas, realizamos luego una distendida cata-degustación (dejo los vinos para un próximo «Tragos cortos») y cenamos. Estaba excelente la crema de patata trufada con bacalao y aceite verde, y no menos la coca con pisto manchego y pescado azul del día, reemplazado en esta ocasión por rape, y yo debo confesar en este punto que me papé unas gachas manchegas con crujiente de papada. ¡Qué de tropezones, madre! Sobre todo, comparándolas con las gachas rasas de la posguerra española. Abundancia de pescados más bien insólita «en un lugar de La Mancha», caza mayor y menor... e, inevitablemente, un menú largo de maridaje a 46 euros, IVA incluido, y otro corto a 40. Cuatro platos y postre en el primero, tres más postre también en el segundo. Vinos del primero: blanco Talva, Petit Verdot rosado, tinto 50-50, tinto Monagós y blanco Corte Dulce, todos ellos crecidos y criados en la propiedad, y elaborados por la «genio» Susana. Bar recoleto y bien dotado para la copa final y una camita ancha y cómoda esperándonos. ¡Váyales, no más, señor enoturista!.