El Ejército no consigue parar la mayor avalancha de inmigrantes a Melilla
ESPAÑA
Setecientos inmigrantes asaltaron la verja fronteriza, de los que más de la mitad consiguieron pasar Los centros de acogida, desbordados por el tercer asalto masivo
03 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Víctor Fussi fue de los primeros en colocar su escalera sobre la valla de Melilla. «Cuando llegamos no había más de siete u ocho guardias. No sé si eran policías o militares. Contábamos con esa pequeña ventaja, que nosotros éramos muchos y cuando atacamos la verja les asustamos», cuenta a La Voz este inmigrante camerunés de 27 años. Los refuerzos no tardaron en llegar, pero para entonces era tarde. La avalancha de inmigrantes más grande que han conocido las fronteras de Ceuta y Melilla era ya imparable. De los setecientos subsaharianos que participaron en el asalto, más de la mitad consiguieron pasar, colapsando todos los centros de acogida de la ciudad, ya de por sí desbordados por las otras dos avalanchas de la última semana. Ni el despliegue reforzado de la policía, ni las dos compañías de militares distribuidas a lo largo del vallado pudieron hacer nada. «Pronto aquello se llenó de fuerzas españolas que disparaban con pelotas de goma, pero para entonces muchos habíamos cruzado», dice Víctor. Alimentarse de basura El asalto de ayer empezó a fraguarse la tarde del domingo en el bosque del Gurugú, el refugio y escondite de los subsaharianos que esperan para cruzar a Melilla. Allí sobreviven comiendo de la basuras. «Se tomó la decisión de atacar la valla porque es octubre y ahora empieza el frío. Además los marroquíes estaban empezando a detener a todo el mundo. No podíamos esperar más», comenta Víctor. Se acercaron desde el bosque y dieron un rodeo para evitar el puesto de la gendarmería marroquí cercano. La doscientos metros de valla elegidos para saltar, las inmediaciones del Barrio Chino de Melilla, fue un acierto táctico. Allí, la primera alambrada tiene tres metros y medio, pero la segunda ha crecido hasta los seis. Las fuerzas españolas vigilaban preferentemente las zonas donde la verja tiene tres metros en los dos lados y no se cuidaron tanto de las que parecían protegidas por la altura del muro. «Tres, seis metros, muchos policías o pocos da igual. El recuerdo de lo que hemos pasado, de lo que hemos sufrido, nos da las fuerzas. Da igual si te tiran pelotas o si te matan. Una vez allí no hay vuelta atrás. Si regresas te pillan los marroquíes y te muelen a palos. O algo peor. Una de las veces que no conseguí pasar, uno de los guardias marroquíes me ofreció evitar la expulsión a Argelia y dejarme volver al bosque del Guruú si follaba con él. No quise, así que me pinchó con un cuchillo en el costado», cuenta el camerunés. El caos Víctor sólo tiene tres dedos en la mano izquierda por un accidente que tuvo en su país. Se rompió los dos tobillos en una intentona anterior y se le resintieron durante el salto. Pero eso no le paró a la hora de pasar y de ayudar a sus compañeros a hacerlo. Las escaleras sirvieron para pasar la primera valla a un buen número de inmigrantes. El trabajo en equipo hizo lo propio con la segunda. Engancharon el alambre de espino que corona la reja y tiraron de él hasta arrancarlo. «La policía española nos tiró un montón de pelotas de gomas, sobre todo a la gente que estaba subida en las vallas. A veces tiraban al aire o al suelo, otras directamente a dar. Vi caer de las rejas a muchos y romperse huesos. Otros caían por los impactos», cuenta Ahmed Lissouku, un joven de Chad que acaba de llegar de Argelia. Ahmed fue testigo de la violencia que se desató en aquel tumulto de policías, soldados y de cientos de inmigrantes. El resultado de todo aquel caos fueron más de cien subsaharianos heridos (por cortes en la valla y por la acción de la policía). De parte de las fuerzas españolas, según las cuentas oficiales, hubo cuatro guardias civiles y tres militares heridos, uno de ellos por los mordiscos de uno de los asaltantes. «No sé cuáles serán los números finales, pero hubo muchos agentes heridos. Ellos entraban y se defendían como locos. Hay que ver lo que la desesperación hace con esa gente», comenta un guardia civil a La Voz. Según las fuerzas españolas, muchos de los asaltantes iban armados con palos y con piedras y, en algunos casos, las utilizaron.