Crónica política
28 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Estaba previsto que fuera una semana con acento gallego en el Madrid político porque Anxo Quintana y Emilio Pérez Touriño hacían campaña en la capital y porque las antenas giran estos días hacia Finisterre unas y hacia Francia otras. En Galicia se juega mucho más que la presidencia de la Xunta y en Francia puede embarrancar el proyecto europeo cuando más falta hace porque el comercio mundial se pone día a día más amarillo. Fue algo gallega la semana, pero también los vascos ocuparon su parcela de atención con un coche bomba de ETA y la prisión-liberación de Otegi , previo pago de un pastón porque no bastaron las protestas. Y los andaluces lo mismo porque Chaves ha decidido plantar cara a las propuestas catalanas sobre financiación. Pero la sorpresa inesperada llegó desde Valencia. Aprovechando que todo el mundo estaba pendiente de otras cosas y nadie les prestaba atención, el popular Francisco Camps y el socialista Joan Ignasi Pla se descolgaron con un pacto sobre el futuro Estatuto de Autonomía que dejó a todos en fuera de juego. A los catalanes, desde luego, porque andaban recorriendo su vía crucis parlamentario para explicar la esperpéntica excursión a Jerusalén. Un alto funcionario de la Generalitat reconocía estremecido que ya preparan el próximo viaje a Argentina pero que tratan de retrasarlo, o incluso suprimirlo, porque no podrían digerir otro numerito tan seguido. Con humor negro comentaba a La Voz: «Igual nuestro jefe se nos viste de gaucho y le da con las boleadoras a alguien. Sería el acabóse». Y si invitan a Carod peor, porque, por una foto, igual canta «Caminito» en la tumba de Evita Perón . Pero sobre todo cogieron por sorpresa a Zaplana que no sabía qué decir. Antes Zaplana era sinónimo de Valencia, una autonomía silenciosa pero rica, y también del potente PP valenciano. Incluso más: era el estilo moderno de la derecha, el que manejaba el marketing. Ahora Valencia la representa Camps, su pupilo y ex hombre de confianza. Y el PP valenciano ha pasado a ser el referente de la derecha que sabe llegar a acuerdos con la oposición regional, y que mantiene la mayoría absoluta porque sabe cultivar el centro. Nada que ver con el Zaplana actual que cada vez más es el portavoz del PP- FAES y bien lejos del PP andaluz de Arenas que interrumpió con carteles injuriosos contra Chaves la sesión del Parlamento andaluz. Su presidenta, María del Mar Moreno declaraba a este periódico que «lo peor no fueron los carteles, sino su rebelión contra el árbitro. En el fútbol cuando el árbitro pita, el partido se para; después se le discute y se le abronca tanto como se quiera, pero se para el partido. Y si no es así, el fútbol se acaba». El futuro de Camps El acuerdo valenciano tiene un gran trasfondo: anuncia que hay un PP que no comparte la confrontación como única estrategia de oposición marcada desde Madrid, no sólo son individualidades, y lanza discretamente la candidatura de Camps para lo que pueda venir después de Rajoy . Como Aznar en su día, preside una Comunidad Autónoma potente con un partido fuerte -aunque Alicante siga siendo zaplanista- y es el más joven de todos, incluido Ruiz Gallardón . El alcalde, que ya se acerca a los cincuenta años, sigue confiando ciegamente en el triunfo de Madrid 2012 para su ciudad y como catapulta a la máxima popularidad política que ahora se le niega internamente en el PP. Por cierto, que en su entorno hay quien estima que una victoria del «No» en el delicado referéndum francés de hoy, descartaría a París como sede porque el resto de votos europeos irían para Madrid, habida cuenta de que Zapatero está subido en el pódium de la olimpiada europeísta. Pero el post Rajoy aparece lejano aunque Fraga haya tratado de ponérselo de salvavidas. Se lo preguntaron a Touriño en Madrid y estuvo elegante -«deseamos estabilidad en el PP»- y exquisito al marcar la frontera con los nacionalistas gallegos. Hablaba cuarenta y ocho horas después de Anxo Quintana, que sorprendió por su moderación y solidez, lejos del dibujo grosero con que pintan al Bloque algunos caricaturistas madrileños que se hacen pasar por columnistas. Touriño, eso sí, tuvo una riada de ministros entre su audiencia, y bastantes empresarios, algunos de postín y no todos gallegos como se ha escrito. Pero la impresión tras esas dos intervenciones es que lo del cambio posible va muy en serio en Galicia -acaso sea la primera vez- y que, si toca gobernar, hay gente preparada para hacerlo. Y sin ánimo de revancha. Y sin sumarse a la subasta del Estado. Véase si no, el mensaje de Touriño a Maragall : «Aunque debe reconocerse el déficit histórico de Galicia y compensarlo, estamos por una negociación de la financiación multilateral, no bilateral». En Madrid no se habla del post Rajoy, pase lo que pase en Galicia, sino de una política distinta de Rajoy, alejándose de la escolta aznariana que lo vigila constantemente. Sí se habla del post fraguismo, gane o pierda, y ahí, en algunas tertulias privadas, no solo se manejan los nombres clásicos, sino que se añade el de Pío Cabanillas al que se da como vicepresidente «tapado» si Fraga renueva. Tendría su gracia histórica que Manuel Fraga acabara su carrera política con un número dos que es el hijo del que fue su número dos cuando empezaba. Y que le prestó tan buenos servicios con su inteligencia excepcional.