La vida dentro de una residencia

La Voz

ESPAÑA

RAQUEL P. VIECO

PISOS TUTELADOS

22 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

?ada más traspasar el umbral del piso de Angelita Díaz en la residencia San Francisco el Grande, uno se da cuenta de que posee su misma alegría. Los numerosos juguetes que reposan en la cama, las fotografías de su hija y nietas y los detalles más mínimos, como los tapetes que decoran la mesa, chocan con la frialdad que se atribuye a estos centros. «Me daba lástima tirar los trastos y decidí traerme todo a aquí, aunque sé que algún día me cansaré de ellos», explica mientras una sonrisa triste se dibuja en su cara. A pesar de llevar ocho años - es una de las veteranas-, todavía le duele recordar cómo la echaron repentinamente del piso donde pasó más de treinta y cinco años. «Mi sobrino tuvo que dejarme dinero para el abogado y al final no me indemnizaron». Ante la imposibilidad de pagar un alquiler, fue Cáritas de Campamento, a la que había acudido en varias ocasiones, la que le propuso solicitar plaza en una residencia. «Tras mucho esperar y dar un poco de lata, me llamó la directora para decirme que había sitio. Quiso llamarme ella porque sabía lo contenta que me iba a poner. Entré un 15 de febrero», sonríe. Aunque estaba muy ilusionada, los primeros tiempos fueron un poco malos. Debía compartir el piso con otra señora y la convivencia siempre es difícil. Las cosas cambiaron cuando le dieron un piso individual. «Aquí estoy encantada. Tengo completa libertad para hacer lo que quiero, nadie me dice nada», comenta, aunque reconoce que muchas le tienen envidia porque intenta llevarse bien con todo el mundo. Si no sale a pasear con su hija, que vive muy cerca y le suele traer comida, o a la peluquería procura ir a las actividades que se realizan en el Centro de día, a unos pasos de la residencia. «Me encanta ver las clases de baile. Me siento cerca de la cafetería y enseguida los camareros vienen a saludarme». Cuando el lumbago, del que ahora está muy resentida, le impide salir a la calle, se entretiene con la televisión o haciendo bizcochos caseros con los que se ha sabido ganar el cariño del personal de la residencia. «Cuando un periodista quiere hacer un reportaje del centro siempre le envían a mí. Voy a ser famosa», bromea. A sus ochenta y cuatro años, lo que más le preocupa es que un día no pueda valerse por sí misma y tenga que abandonar el piso, ya que para vivir aquí se requiere una cierta independencia. «Cada vez que miro una silla de ruedas me entran escalofríos».