Crónica política
14 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Mientras Mariano Rajoy se baña en multitudes de Muxía a Pontevedra, el Madrid político, de izquierda a derecha, y el Madrid económico, se pregunta cuántas cosas cambiarán tras el traspaso de poderes de Aznar del poder en el partido ya transferido y del poder presidencial si gana, posibilidad que a día de hoy pocos dudan excepto el socialista José Blanco: «Felipe y Aznar necesitaron tres elecciones para ganar y Zapatero ganará a la primera», sostiene el político gallego con una moral digna del Alcoyano. Un sondeo de opiniones realizado por La Voz esta semana ofrece una doble conclusión: por una parte, se alberga alguna esperanza en que la salida de Aznar de Presidencia y el talante más abierto de Rajoy suavicen la dureza en el ejercicio del poder mostrada por el PP, especialmente en esta legislatura de mayoría absoluta. No es que Mariano Rajoy sea la esperanza de la izquierda -que motivos tiene ahora mismo para echarse en brazos de cualquiera- pero se espera que, si llega a presidente, mejore la calidad de vida democrática del país tan deteriorada por el acoso a jueces, fiscales, periodistas y algunos empresarios, especialmente de la comunicación. Los apercibimientos de la Unión Europea y alguna sentencia del Tribunal Supremo así lo acreditan. Pero también ese sondeo recoge el convencimiento de que nada cambiará, Rajoy ni nadie, mientras Aznar esté presente en el puesto de mando. «En principio, este nuevo equipo no va a cambiar nada -comenta a La Voz Miguel Herrero de Miñón, padre de la Constitución- mientras siga Aznar. Y después de las elecciones, Rajoy hará más o menos cambios dependiendo de si gana o no por mayoría absoluta. Piense que los conozco a todos muy bien porque el equipo actualmente en el poder era el mío». Tiene razón. Fraga nombró a Herrero vicepresidente ejecutivo del PP y tres meses después perdió el congreso que debía hacerlo presidente del partido acompañado en su candidatura de un secretario general llamado José María Aznar. Los barrió Antonio Hernández Mancha, un abogado del Estado cordobés con pinta de chico ye-yé. De modo que prietas las filas en torno a Aznar y paciencia para observar cambios positivos. Por el camino, dos etapas reina: el docudrama de las elecciones de octubre en Madrid, forzadas por dos tránsfugas integrantes del comando político-inmobiliario que el PSOE cobijaba ingenuamente en sus listas, y la gran sucesión de Jordi Pujol prevista para el 16 de noviembre. Sobre la primera cita se confirma día a día que Rafael Simancas, el socialista que al principio definimos como esos equipos de Segunda B que inesperadamente se plantan en la final de la Copa del Rey y pueden ganarla a penaltis, tiene grandes posibilidades de pasar a la historia sólo como finalista. Una conjunción arbitral desatinada ha obligado a repetir la tanda de penaltis y de ahí que el «miedo escénico», que diría Valdano, ya le haya quebrado varios jugadores. Que del número dos de la lista desaparezca Inés Alberdi, hermana por cierto de la expedientada Cristina y esposa de Miguel Ángel Fernandez Ordóñez, en favor de la ex ministra Matilde Fernández, le ha servido en bandeja a Esperanza Aguirre el bolero de que «vuelve el guerrismo». Triunfo de Maragall Esa previsible derrota socialista en Madrid la puede empañar, sin embargo, el triunfo probable aunque no seguro de Pasqual Maragall, a quien Aznar y su orquesta mediática persiguen a cuenta de algunas declaraciones poco afortunadas del nieto del poeta. «Esa animadversión de Aznar confiere a Pasqual un papel central en la política catalana, de un lado la derecha y del otro los soberanistas, y desde ahí se ganan las elecciones», declara a La Voz el diputado Germá Bel, un cerebro económico del PSOE que por alguna razón inexplicada está guardado en un trastero. Bel ha hecho un estudio electoral al microscopio de Cataluña y pronostica la victoria de Maragall por dos razones fundamentales: por el profundo deseo de cambio después de 23 años de Pujol y porque la gente en Cataluña sabe que Maragall no es soberanista -es decir separatista- aunque Aznar se empeñe en repetirlo y fuera se perciba así. Ha sido el dirigente de Esquerra Republicana Carod Rovira -hijo de aragonés inmigrado, por cierto- el que ha visitado al lendakari Ibarretxe para apoyar su plan y desear uno igual para Cataluña. «La gente sabe que Maragall nunca apoyará el Plan Ibarretxe -sostiene Bel-, pero que defenderá a Cataluña en Madrid con energía que es lo que aquí se pide». En Cataluña las principales incógnitas hoy están en Artur Mas, el heredero de Pujol, y el ex ministro Josep Piqué, el mejor candidato popular en Cataluña de toda la vida. Piqué quiere ser el árbitro si la aritmética se lo permite para evitar un futuro gobierno en manos de Maragall, pero es difícil cerrarle el paso apoyando al pujolista Mas, que simpatiza con el proyecto Ibarretxe. De ahí la campaña contra Maragall presentándolo como un separatista.