La tragedia de Turquía puso en la diana a Trillo, hasta eclipsar incluso a Cascos. Católico militante en entredicho por justificar la guerra, sus gruesas rectificaciones le sitúan cerca de la dimisión.
07 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Federico Trillo-Figueroa, nacido en Cartagena (1952), casado con la abogada María José Molinuevo, con cinco hijos. Las miradas apuntan hacia él. Y es paradójico que una vieja nave de fabricación soviética así lo haya dispuesto. Él -que tanto ha gustado de invocar el fin de «las ideologías decimonónicas» y el «no aferrarse a fórmulas del pasado cuyo fracaso todos hemos podido comprobar»- se ha visto empeñado en defender la tecnología de un abollado Yakovlev 42, que los expertos califican hoy como «avión basura». Tanto comprometió en esta dolorosa empresa que incluso insinuó la posibilidad de dimitir si la investigación del accidente de Trebisonda (en que murieron 62 militares que regresaban a Zaragoza tras una misión de paz en Afganistán) revela que su departamento fue negligente, incapaz o cicatero en la contratación de transportes de tropas. Quizá lleven razón quienes adelantaban que Trillo dejaría la política no más tarde que Aznar, cuya retirada está fijada para el 2004. Costalero de la Cofradía Marraja (que no dudó en ignorar la limitación de edad que pesa sobre los portapasos para que el ministro pudiese seguir cargando el trono en Semana Santa), su devoción a la Virgen de la Piedad no le valió de mucho en los últimos tiempos. Tanto que Aznar ya se habrá arrepentido de no haberle dado en el 2000 la cartera de Justicia que tanto ansiaba el murciano, con la de apreturas en que está metida la administración castrense. Sin embargo, cuando llegó procedente de la presidencia de las Cortes todo eran buenos augurios: Trillo aceptó con su versatilidad elegante, llena de fino y leído humor. Lejos queda el «soy uno de vosotros y como tal pediré ser acogido» con que asumió Defensa, donde habría de encajar no sólo por su abortada carrera (es comandante del Cuerpo Jurídico de la Marina) sino por tradición (su padre era militar y fue ministro togado de la Armada). Tal confraternización -ya se cuestionó entonces- se resquebrajó por varios episodios en que la familia castrense quedó en entredicho. Trillo presume de la supresión de la mili, pero la profesionalización de las Fuerzas Armadas fue arma de doble filo con la falta de disposición de los jóvenes o la escasez de economías. La obsesión del Gobierno por el déficit cero dejó al descubierto las carencias del Ejército (pobreza sería mejor diagnóstico), agravadas además por «la vocación de liderazgo» internacional que quiere imprimirle al país. Esas ansias han generado un creciente malestar en la cúpula militar, que no acepta bien «un querer estar donde EE.UU.» sin el sustento necesario; no todo va ser furor patrio. Así, y tras el durísimo golpe de Turquía, muchos evitaron su saludo en el último Día de las Fuerzas Armadas y a algún colaborador se le escapó la coletilla «el todavía ministro de Defensa» para referirse a él. Añora el culto Trillo los años de bonanza en sociedad y lucida pasión shakespeareana sólo rotas por algún inoportuno «¡manda huevos!» (hasta le valió el galardón de oro del Instituto de Estudios del Huevo). Hace meses que las cosas no salen y afloran insidiosos los ingredientes más cuestionados del ministro del Opus Dei, el mismo que se ganó la fama de odioso adversario, enterrador y azote perro en el ocaso del felipismo. Su ardor guerrero en Perejil o Yemen, su miopía con las negras playas gallegas, su rojigualda fervor en plaza de Colón, su intento de reforma hacia atrás del Código Militar, su idea de bombardear el Prestige, su parabién a la invasión de Irak, sus lábiles argumentos... nos han devuelto el más dudoso perfil de Trillo.