El próximo jueves, con La Voz, una nueva edición de la Guía de Másters de Galicia
?l accidente cantado de los 62 militares en un avión andrajoso y la resurrección del azote de ETA, ahogaron la ridícula fiesta de los partidos en la que todos celebraban la victoria. Imagínense el absurdo de una final de Copa, con un partido a muerte, en el que los dos equipos se retiran a los vestuarios festejando el título. Pues en las elecciones, más. Ganaron por lo visto todos: el PP, el PSOE, IU y el resto de la clasificación incluido el corista, el Partido Andalucista, que perdió la importantísima llave de Sevilla. Estaba feliz por ganar concejales aunque en pueblos pequeños. Claro que alguien ganó algo y por eso los socialistas gobernarán la Comunidad de Madrid presidida por Rafael Simancas , un hijo de emigrantes a Alemania que hace cuatro años entró como concejal número catorce en Madrid. Y por supuesto que en Galicia los socialistas están hoy bastante mejor que la semana pasada a costa un poco del PP y otro del Bloque, que algún día deberá explicar, si lo descubre, el misterio electoral del Nunca Máis. Pero los socialistas, aunque ganaron en votos en el conjunto de España, perdieron ante los populares Granada, Burgos y Almería, entre otras plazas, más la comunidad balear que gobernaban con una coalición a la italiana cogida con alfileres. El PSOE ganó cosas importantes pero no celebró casi ninguna por guardar luto a Trinidad Jiménez que no pudo con el ciclón Ruiz Gallardón . Al final, los más sensatos ellos dos: ella al admitir la derrota y felicitar privada y públicamente a su alcalde y él al declarar que «Simancas es mi presidente como el de todos los madrileños». El PP aguantó admirablemente, bien representado el disgusto que provocó su resistencia en el chiste de Forges del lunes. Sin hablar de elecciones, un camarero ante una cafetera se limita a preguntar al cliente. «El -'hay que joderse'- ¿se lo pongo solo o con leche?» En cambio el PP sí que celebró en la calle lo que podía celebrar y más, con salida al balcón de Génova del matrimonio Aznar , del gran vencedor de la noche Ruiz Gallardón , de la perdedora Esperanza Aguirre - aunque lo reconoció tres días después- y del presunto heredero Rodrigo Rato. Aznar jugó a plebiscito interno y lo ganó contra pronóstico, sólo que ahora sabe que en vez de tres candidatos a la sucesión - Rato , Rajoy y Mayor Oreja - tiene un cuarto en Madrid que no le gusta y, si acaso, un quinto en la persona de Zaplana , implacable defensa escoba en la Comunidad valenciana. Si Aznar no acude a Génova aquella noche, las bases le hubieran proclamado a Ruiz Gallardón héroe del partido y hubiera sido peor. Pero entre la confusión creada por tantas victorias fingidas, comienza a escucharse un rumor de fondo que quien sabe si terminará en clamor: la necesidad de disponer de un partido de centro que dé estabilidad política al país, que erradique la crispación y que no convierta todo recuento electoral en un pulso entre las dos Españas que, a decir de Machado , son capaces de helar el corazón. Partido o movimiento articulado de centro a pesar de que Aznar diría que el centro ya es el Partido Popular. Pero él mismo lo desmiente al emplear el lenguaje de coaliciones de rojos y separatistas y al acusar, por ejemplo, a Zapatero de querer meternos en la España negra. El propio Zapatero tambien alegaría que el centro es él, pero no parece haberlo ocupado demasiado a pesar de su beatífica moderación al responder a Aznar y su injusta acusación de la España negra con eso tan bonito de que ya no hay Españas de colores, ni negra, ni roja, ni azul, sino de color democrático. Ni una monjita de clausura habría bordado una frase tan delicada con la que exasperar más a los guerristas: «Haberle leído como respuesta el artículo que escribió Aznar contra la Constitución democrática en el diario La Rioja ». Un partido de centro amenazaría positivamente a los que en la derecha promueven la doctrina de la crispación y a los que desde la izquierda pronunciaron el inoportuno «No pasarán» referido al PP. Un partido de centro difícilmente ganaría las elecciones, pero podría convertirse en la bisagra de gobernabilidad y de templanza que tanta falta ha hecho estos días después de abrir las urnas. ¿Un nuevo líder? Lean con atención lo que nos decía esta semana una importantísima personalidad política cuya identidad debemos preservar de momento: la suma de los votos en blanco y una parte de las abstenciones en señal de protesta, más los votos a tantas candidaturas independientes desde Galicia a Andalucía, y, sobre todo, el número de electores que votaron a las siglas tradicionales a disgusto, es un potencial suficiente para ir pensando seriamente en esa posibilidad. Cabe, a su juicio, «ese grupo de centro que se alimentaría tambien de disconformes del PP con la radicalidad de Aznar». Y asegura que hay en este momento en la España de provincias algunos miles de personas clamando por lo mismo. Será allí, porque en la dirección del PP en Madrid lo que se dice con entusiasmo es otra cosa: «Podemos ganar en el 2004 con mayoría absoluta». Pero les preocuparía extraordinariamente, más que al PSOE, que un proyecto así progresase. Saldrá o no saldrá. Pero La Voz está en condiciones de dar la exclusiva: ya se está trabajando en ello y tienen muy cerca un cabeza de cartel que cualquiera soñaría en sus listas. Atención a lo que está pasando.