Doce horas en una cárcel limpia de drogas

Tomás García REDACCIÓN

ESPAÑA

En plena ofensiva penal del Gobierno, La Voz ha visitado la Unidad Terapéutica de Villabona, la única prisión de España en la que se cumplen con éxito los principios constitucionales sobre la rehabilitación

07 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

De pie junto a su maleta, reventado tras un viaje de varios días y aparcado como un mueble en el módulo de Ingresos del centro penitenciario, Ramiro dijo que vale, que por qué no. Treinta y cinco años, más de la mitad dando tumbos por todas las prisiones españolas, anticuerpos del sida, hepatitis C, un cuerpo agujereado por las jeringuillas... Había oído por ahí que del módulo dos se pillaba calle más fácil. Así que por qué no intentarlo. Su aterrizaje en la Unidad Terapéutica de Villabona, en Asturias, fue de los más conflictivos. Ramiro llegaba de un maratón sin meta plagado de abusos, degradaciones, abandonos y soledades. No creía ni en sí mismo, así que tampoco lo hizo en sus compañeros de módulo cuando, nada más llegar, le llevaron a un pequeño despacho y le preguntaron si traía droga. Muchos eran colegas con los que había compartido chuta en otras cárceles, conocidos de la calle con un historial peor que el suyo, y ahora se habían vuelto todos unos chivatos. La primera noche, cuando dos compañeros entraron en su chabolo y le dieron un beso al acostarle, Ramiro pensó que lo que le faltaba por ver después de toda una vida en la trena era «un módulo de maricones». Los inicios en la unidad son muy duros. Los presos llegan drogados o con el síndrome de abstinencia pero no admiten que tienen un problema. El primer golpe psicológico, clave del éxito del proceso, como luego sabrán, es que allí no rige la ley de la cárcel. El funcionario no es un perro carcelero , el interno que colabora no es un chivato, el poder no está en manos de quien tiene la droga -a diferencia de lo que ocurre en el resto del sistema penitenciario, donde mandan los camellos , aunque entre ellos esté el más odiado de los violadores-. El grupo de apoyo Los primeros días, el contacto con los funcionarios es el imprescindible. Los 190 presos que conviven en la unidad terapéutica dependen de un órgano colegiado formado por 22 presos de apoyo. Son los que mejor están, los más experimentados. Ellos reciben al recién llegado, le explican que se acabaron las comunicaciones con familiares negativos (consumidores, traficantes...). Le informan sobre la dinámica del módulo, le asignan uno de los once grupos en que está dividida la unidad, le presentan al funcionario tutor de ese grupo, conoce a su compañero de celda... Y le extienden un contrato. Un visado para la vida. Se acabaron las drogas. El primer compromiso es el de mostrar al grupo de apoyo el equipaje y, si hay sustancias, entregarlas. Nada de expedientes, partes, sanciones. Se trata de empezar de cero. El pacto incluye también la aceptación de una serie de normas que no existen en el resto de la prisión, en lo que los internos del módulo dos llaman despectivamente «la cárcel». Los talleres son obligatorios. Los menores de 21 años y los analfabetos no pueden faltar a la escuela. El gasto en el economato está controlado por el grupo de apoyo. El aseo debe ser diario. La retahíla de compromisos es extensa y cambia con las circunstancias, pero Chema, un leonés licenciado en Derecho que pertenece al equipo multidisciplinar formado por treinta funcionarios, explica que no son ningún capricho. Están consensuados con ellos y el objetivo es, por este orden, acabar con la toxicomanía y cubrir una serie de carencias personales, laborales, sociales y culturales que permitan recuperar la autoestima del preso y ponerle en la calle en las mejores condiciones posibles. El Gobierno se empeña en enviar gente a la cárcel, pero de la cárcel se sale, antes o después, reflexionan durante la comida Roberto y Susi. Un lunes cualquiera el módulo es un hormiguero en el que se optimizan los escasos recursos para robarle tiempo al patio. Un funcionario que sepa informática y cuatro pecés viejos se convierten en un taller. Un preso que chapurree inglés ya es una academia. Las duchas abandonadas de la planta baja se reciclaron hace años en un invernadero gracias a la tenacidad de un loco por las plantas. Cada interno tiene la suya y es responsable de regarla, alimentarla y cuidar que salga adelante. La botánica como metáfora de un modelo rehabilitador que está a punto de cumplir once años. Prisión de Oviedo, 1992 Para entender la génesis de la unidad terapéutica hay que remontarse a 1992, cuando la cárcel empezó a llenarse de jóvenes yonquis castigados por la heroína. Faustino García, educador de la prisión de Oviedo, convenció a Begoña, trabajadora social, y juntos comenzaron a trabajar con un grupo de 28 chicos menores de 21 años que aceptaron participar con el reclamo de ciertos beneficios y una posible salida anticipada. En 1994, la prisión se fusionó con la de Gijón en el macrocentro de Villabona, construido sobre una loma que separa las dos ciudades, y la unidad comenzó una carrera de fondo en la que las tachuelas sobre la carretera fueron dejando paso al reconocimiento y los apoyos. Todos ellos, eso sí, al margen de Instituciones Penitenciarias (el actual director general aún no ha pisado las instalaciones), que no reconoció el módulo como tal hasta 1997, tras una intervención de la Junta General del Principado que contó con el apoyo unánime de todas las fuerzas políticas. Oficializar su existencia suponía, por primera vez en la historia, la aceptación de que en la cárcel la droga corre como el agua y admitir la necesidad de espacios limpios. En la práctica, la unidad pudo duplicar su espacio físico y conquistar el módulo uno. El reconocimiento facilitó también el ingreso de mujeres. Hasta entonces, las chicas sólo acudían a las actividades diarias y regresaban a dormir a sus celdas. Las terapias de la mañana eran muy dolorosas para sus compañeros porque la mayoría de ellas volvían totalmente colocadas. Cinco años después de aquel duro aterrizaje, Ramiro es ahora uno de los más carismáticos líderes del grupo de apoyo. Junto con Tino (de vuelta tras una salida fallida a la calle), Elena (portorriqueña de acento asturiano), Pilar (la gallega del grupo)... forman una especie de sanedrín que pelea a diario por la subsistencia del módulo. No es casualidad que los más conflictivos, una vez dada la vuelta al calcetín, aprovechen su capacidad de liderazgo para arrastrar al resto. Uno de sus cometidos prioritarios son los reclusos más jóvenes, pastilleros en su mayoría. «Han tenido la suerte de caer aquí y no conocer la cárcel, esa escuela de delincuencia», dice Fredi (yonki desde que tiene uso de razón). Terapia con escolares El módulo se preocupa también de los adolescentes que aún no han dado un primer paso fatal. Semanalmente visitan la prisión los alumnos de un instituto y muchas veces los resultados son sorprendentes. En la unidad aún se ríen con el caso de la madre superiora que dijo que no, que mis alumnos son de otro estrato social y no tendrán que pasar por esto, y casi se desmaya cuando, tras la terapia, alguien le comentó que entre sus angelitos había un buen ramillete de pastilleros y algún avezado cocainómano. Y es que, cómo dice Rafa, condenado a quince años después de «doce días malditos», «ojo con escupir hacia arriba, que la saliva le puede salpicar a cualquiera».