Más de 12.000 personas llenaron la plaza Mayor en la eucaristía que dirigió el cardenal RoucoVarela
09 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.La festividad de la Almudena es uno de los días más esperados por los madrileños, y no sólo por tratarse de un día festivo. Más de 12.000 personas de todas las edades se congregaron ayer en la plaza Mayor para celebrar la tradicional eucaristía en honor a la patrona de Madrid. El traslado en procesión de la imagen, que descansa en la catedral de la Almudena, comenzó a las 11.00 horas, para que los fieles, junto a las numerosas autoridades de diversa índole y a las decenas de religiosos que acudieron a la cita, estuvieran ya acomodados y pudieran dar así un solemne recibimiento. Durante la homilía, el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio Rouco Varela, que actuó como oficiante, se refirió al terrorismo como «novísima versión de la guerra», que, en el caso de ETA, «pende como una siniestra amenaza sobre las vidas de los ciudadanos». También quiso acordarse de la conflictiva situación de Oriente Medio para pedir que «el odio y la venganza se truequen en actitudes de un primer acercamiento, de perdón y de comprensión, para un nuevo futuro entre israelíes y palestinos». Fin del terrorismo Tras las preces, Álvarez del Manzano procedió con la renovación del voto de la Villa de Madrid, mediante la lectura de una plegaria de protección y acción de gracias a la Almudena. En ella hizo especial hincapié en el deseo de que «desaparezca la violencia y el terrorismo en Madrid y en el resto de España». Al término de la liturgia, muchos de los asistentes, como las damas de la Corte de la Virgen de la Almudena o los obispos de Getafe y Alcalá de Henares, recorrieron en procesión las céntricas calles de la capital acompañando a la virgen hasta la catedral. En otro ámbito, resulta tradicional en esta celebración el consumo de las coronas de la Almudena, que según la Asociación de Empresarios de Pastelería de Madrid, será de 220.00 unidades. Este postre, que se elaboró por primera vez en los años ochenta ya que los pasteleros creyeron que era necesario que su patrona tuviera un dulce típico, está relleno de nata, trufa o crema y se decora con coronas de cartón.