Canes

CRISTINO ÁLVAREZ

ESPAÑA

DE OSOS Y MADROÑOS

14 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

SEGURO QUE a muchos de ustedes les ha pasado: el vecino de arriba se ha comprado un perro y el animalito, lógicamente, ladra. O llora, angustiado por la soledad. Como los perros no tienen programado su horario como los humanos, esos ladridos o llantos pueden oírse a horas que nosotros juzgamos intempestivas. El vecino se agobia por las molestias que su mascota puede ocasionar al vecino de abajo y acaba ordenándole a gritos que se calle. El can, claro, no entiende nada, y los gritos del propietario molestan más que los ladridos del perrito o perrazo. Un perro no es un juguete ni un adorno más de la casa. Es, aunque parezca una perogrullada, un perro. No una persona, de modo que las pautas que rigen el comportamiento humano no son las que él tiene programadas. Como «vecino de abajo», prefiero escuchar unos ladridos de alegría o advertencia que oír aullidos lastimeros motivados por la ausencia de su amo... o por ciertos métodos de «educación» que castigan al can cuando su comportamiento es, justamente, más canino, o sea, cuando le apetece ladrar. Aun admirando a los perros que, fieles a su pacto con el hombre, son óptimos cazadores, como a los beneméritos lazarillos y a los que son capaces de detectar explosivos o drogas, uno ha de reconocer que nunca han sido demasiado santos de su devoción; para casa, la verdad, prefiere el gato. Pero no los tiene en el pésimo concepto en que los tenía Wenceslao Fernández Flórez, incluso en páginas tan llenas de amor a la naturaleza como El bosque animado . No; uno reserva esa pésima opinión no para los canes, sino para quienes se compran un perro y creen que han adquirido... un bibelot.