EN EL mismo telediario se me juntaron dos imágenes patéticas. La del Papa Juan Pablo II arrastrando su cuerpo en su vía crucis apostólico por América, camino de su Golgota particular; y la del acicalado banquero Mario Conde metido en un furgón camino de la cárcel de Alcalá Meco. Ya se que es casi un pecado mortal juntar churras con merinas, o sea, al tullido Obispo de Roma y al juncal depredador de bancos. Éste nunca nos caerá tan simpático como el histríonico Dioni, que contaba con el atenuante de robar a un banco sin pertenecer a su junta directiva. Tampoco hay forma de comparar a Conde con El Tempranillo, que lavaba sus pecados robándole a los ricos para dárselo, no se sabe bien en qué porcentaje, a los pobres. Lo de Mario Conde es otra historia. Robaba, según dicen los jueces, a un banco del que, por muy presidente que fuera, no era suyo, sino de los sufridos clientes. Como el Dioni, pero a través de eso que llaman ingeniería financiera que no es más que un juego de trileros con traje de Armani, camisa de cuello blanco y mangancia de alto nivel. Le han condenado a veinte años en el trullo, pero el dinero ilícito da para muchos abogados y para muchas prebendas incluso entre rejas porque el dinero también corrompe las cárceles y las rebaja penas. Dice un amigo que cuando se birla tanto también se birla mucho. Mientras el Papa, que parece un buen hombre, se deja la vida en su calvario viajero por el mundo, todos nos preguntamos si estará siguiendo los pasos de Cristo, su jefe, mostrándonos su agonía, o si será, otra vez maldita sea, la curia, el entorno, los rincones oscuros del Vaticano, potencial espiritual y también económico, los que no le dejan morir en paz. No sé, de verdad, cuál es el fondo de este martirio.