Es algo así como el político perfecto. Al menos para sus supuestos rivales. Tú hablas con la gente del PSOE y les encanta, te vas más a la izquierda y lo respetan. Las pegas se las ponen en su corral. Cuanto más de derechas son sus colegas de partido, mayores son las dudas acerca de Gallardón. A los más carcas les molesta que se lleve bien con los de enfrente, y le temían porque aspiraba a ser sucesor de Aznar y encima lo dijo por las claras. Ahora Aznar, que no tiene un pelo de tonto en su bigote, le ha puesto en bandeja la alcaldía de Madrid. Los hay que piensan que así lo desvía de La Moncloa y lo instala en la Casa de la Villa. Pero dada la edad de Gallardón, la alcaldía de la capital es un peldaño hacia el futuro. Naturalmente, si le votan y logra la vara de mando de la Villa y Corte. Porque ésa es otra; a los socialistas cualquier gobierno de Gallardón les parece un mal menor, pero tienen a su candidata y van a pelear por ella. Aunque ya no es una guerra a vida o muerte. Sobre todo, porque saben que quienes no sean muy fans de la derecha o de la izquierda le van a votar. Gallardón es el centro utópico aunque luzca la divisa del PP. Me confesaba un grupo de periodistas simpatizantes del PSOE: «Gallardón es un tipo honesto, simpático, tolerante, nada visceral, con buena pinta, progresista y hasta fiable. Tiene que tener algún defecto, pero no es fácil encontrárselo». Esto sucede pocas veces en política. Un «enemigo» que no irrita y que hasta cae bien es de lo más peligroso. Y lo más difícil: lleva años en el poder y apenas ha sufrido desgaste. Por eso, Aznar, aunque dicen que no acaba de tragarlo, lo ha puesto en el equipo titular. Lo contrario que Van Gaal con Rivaldo.