El efecto Gallardón

La Voz

ESPAÑA

13 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

A la mayoría de lectores de este periódico le interesa poco la noticia de que Alberto Ruiz Gallardón, actual presidente de la Comunidad de Madrid, será el próximo candidato del PP a la alcaldía madrileña, sustituyendo (en caso de ganar, claro) a José María Álvarez del Manzano, que es el alcalde de la capital desde hace doce años. El candidato Ruiz Gallardón aporta buenas credenciales, ya que en las dos legislaturas como presidente regional ha sido notablemente eficaz. Como muestra, los más de cincuenta kilómetros de suburbano y la ampliación de este transporte a las grandes ciudades de la periferia sur de la capital y al aeropuerto de Barajas. Se puede afirmar que Gallardón ha sido, sobre todo, un generoso superalcalde de Madrid. Estos antecedentes no afectan, lógicamente, a los habitantes gallegos, en cuyas ciudades y pueblos también se fabrican candidaturas para la «gran operación triunfo... electoral» del próximo año. Sí les interesa, en cambio, a los miles de gallegos censados en Madrid, porque tienen derecho a elegir a quiénes gobernarán la capital en el próximo cuatrienio. Manzano y Gallardón no son referentes fuera de su comunidad. No obstante, la candidatura de Gallardón ha tenido gran repercusión política por ser la primera sorpresa de la importante criba que Aznar ha hecho al regreso de su maratón internacional, culminado con alarde de arrogancia pedestre ante el emperador Bush. De nuevo con los pies en el suelo -nunca mejor dicho-, Aznar ha iniciado su penúltima revolución provocando el efecto Gallardón como una sonora traca de cambios en el Gobierno. A partir de ahí, todos los demás cambios, algunos de ellos también sorprendentes, parecían de lo más natural. La alcaldía de Madrid es políticamente influyente, aunque en los últimos tiempos Gallardón invadió una parte importante de sus competencias y de su imagen para hacerse un hueco en una comunidad uniprovincial, en la que las dos terceras partes de la población está en la capital. El presidente regional encontró en Madrid el digno sucedáneo de sus frustradas ambiciones hacia la cumbre política y se propuso, y hasta consiguió, en gran medida, ser reconocido como la primera autoridad de Madrid, por encima del prestigio histórico de la alcaldía. La preeminencia del presidente de Gobierno de Madrid -así se hace llamar- ha sido posible por dos razones fundamentales: porque cuenta con un presupuesto para gastar de dos billones de pesetas (suena más contundente en pesetas) al año y esa enorme cantidad de dinero da para muchos alarde, y porque Álvarez del Manzano ha sido un hombre muy prudente, excesivamente prudente, y le cedió el paso sin apenas enfrentarse al ambicioso compañero de partido. Es paradójico e incluso ingrato que el alcalde sea el blanco de todas las descalificaciones, el culpable de todo y, para mayor inri, que la víctima de un sector de la progresía que aún añora aquella movida tan cutre y artificial, que Tierno se sacó de la manga para disfrazar otros problemas a los que no quería ver ni en pintura. Sin embargo, Gallardón es respetado y hasta adulado por sus teóricos adversarios, con los que, por cierto, ha coqueteado jugando a una calculada ambigüedad. Álvarez del Manzano ha sido, pese a todo, un buen alcalde de una ciudad nada fácil para el lucimiento personal y político. En esta mastodóntica capital, no lucen las obras públicas como, por en, A Coruña. En Madrid todo se pierde en la espesura entre la indiferencia general de unos vecinos con escaso arraigo, mientras que una ciudad como A Coruña, casi diez veces menor en habitantes y por tanto más humanizada, un alcalde eficaz, como es el caso de Francisco Vázquez, tiene un merecido reconocimiento general de sus vecinos, porque viven plenamente la gran evolución de su ciudad y se sienten orgullosos de ella. Posiblemente, Manzano podría haber seguido porque, al cabo de tantos años de experiencia en la Casa de la Villa, se encuentra como plantado. A pesar de los golpes que ha recibido, muchos de ellos injustos, y de la merma de poder, este alcalde ha acumulado una templanza a prueba de todas las incidencias y Madrid, y en general la política, necesita de gentes templadas. Con Gallardón, si gana, llegará al Ayuntamiento un aire más dinámico y es mas que probable que traiga en su ajuar gran parte del poder que confiscó al municipio. Es mas, si la futura presidente de la Comunidad, Esperanza Aguirre, no espabila, Gallardón se erigirá en superalcalde de Madrid e intentará ampliar su influencia hasta donde le dejen. Como dicen los montañeros, a la cumbre se puede llegar por muchos caminos y Gallardón tiene cuerda para rato.