Entre la esperanza y el apocalipsis

PABLO GONZÁLEZ Enviado especial BILBAO

ESPAÑA

TXEMA FERNÁNDEZ / LUIS TEJIDO / THOR CASTRO

La ausencia de Nicolás Redondo, las buenas vibraciones nacionalistas y los temores de los constitucionalistas marcaron la resaca electoral

14 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

La película Apocalypse now refleja el sentimiento de los candidatos, militantes y votantes constitucionalistas en esta resaca sin fiesta del día siguiente. El camino a partir de ahora es como el río fangoso y serpenteante de la película, repleto de peligros insospechados. Sólo que la lancha, en vez de Martin Sheen, la conduce un tal Ibarretxe. Y creen que va hacia la soberanía. En la fiesta que no era fiesta del PP en Bilbao, hasta las chicas de Nuevas Generaciones más propensas a la sonrisa permanente daban muestras de que algo les acechaba en el futuro. «Ahora vamos a tener que arrodillarnos cada vez que veamos una ikurriña», decían en un corrillo. Los nacionalistas, en la calle y en las sedes políticas, recordaban a James Stewart en Qué bello es vivir, cuando se despierta del «mal sueño», en este caso un país gobernado por Jaime Mayor Oreja. «Es que desde la mañana tengo la risa tonta. Mira que quiero llorar, pero no puedo», ironizaba un fumador con la estanquera. Había esperanza de que nada será igual desde el domingo. De que se reducirá el acoso al nacionalismo. Algunos piensan que la verdadera derrotada es la brunete mediática. Parece que Juan José Ibarretxe cumplió su promesa de ponerse a trabajar, pero no apareció en público. Se dedicó a llamar a los candidatos para informarles de las rondas de conversaciones. Empezará con Izquierda Unida y Javier Madrazo, con la generosidad de los exultantes, le tiende un cable a los socialistas. A ver qué es lo que Ibarretxe le tiende a él. Tampoco apareció Redondo, que dejaba en manos del sector vasquista -Jesús Eguiguren- y de su coordinador de campaña -el gallego Rodolfo Ares- la papeleta de una autocrítica que no existió. En los pasillos se rumoreaban posibles dimisiones, porque las ausencias sólo generan interrogantes. Rosa Díez, más ojerosa que de costumbre, pero con su pelo siempre al rojo vivo, repetía entre murmullos la letanía socialista: «Hicimos lo que teníamos que hacer». Mayor Oreja no dejó que las piruetas analíticas de los resultados en las que invirtió el día le impidieran que rompiera a hacer bromas, después de una campaña que le obligó a un rictus serio permanente. Confesó que su verdadera aspiración futura era ocupar el lugar de Javier Arenas en la secretaría general del PP. «Pero no hay quien lo mueva», le espetó al andaluz. A Arnaldo Otegi parece que el descanso le vino bien, porque reconoció que la «dinámica armada» es de verdad lo que quita el sueño y los escaños.