Un grupo de inmigrantes ecuatorianas relata su experiencia vital y laboral en España «Aquí añoras hasta a tus enemigos». Este amargo pensamiento lo dice todo del estado de ánimo de un grupo de seis mujeres de Ecuador y Colombia, cuyas vidas «sin papeles» confluyeron en el piso de A Coruña donde residen. Eran siete, pero la más joven no lo soportó y regresó. El resto resiste en un mundo desconocido y hostil. Así es España para ellas y así es también Galicia, pese a nuestro pasado de emigrantes. Atrás dejaron maridos, hijos, padres o hermanos. Su vida entera. Sabían que aquí les tocaría una dura lucha a solas, pero no venían preparadas para encajar los fraudes a su ignorancia, los engaños a su inocencia de inmigrantes.
30 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.El patrón abusador que da trabajo sin cobertura legal, el empresario que sólo las contrataría si tienen en regla el permiso de residencia, el hostelero que incumple sus promesas y el particular que abusa. De todo han probado ya. Y algunas sólo llevan aquí dos meses. De las seis, cuatro están emparentadas por lazos de sangre: Juana, de 36 años, y Elvira, de 24, son hermanas, y Elena, que ronda los cincuenta, y María, de 23, tía y sobrina. Las dos primeras dejaron atrás marido e hijos y comentan bromeando que no saben si seguirán teniendo esposo a su regreso. Elena es la de más edad del grupo y veterana en estancia, con dos años repartidos entre Valencia y Galicia. Paciente y trabajadora, la vida fuera de su país no se le había hecho tan cuesta arriba hasta que su única hija veinteañera cumplió sus reiterados deseos de «regresarse» al Ecuador a mediados de enero. Encontrar consuelo es difícil, pero al menos sus patronos, una familia que ha puesto en sus manos a una anciana con Alzheimer, le pagan bien y le tramitan los papeles. Reproches De todas, sólo dos tienen el permiso de residencia en regla. Una es Juana, fuerte y agresiva, y la otra, Carolina, la única de nacionalidad colombiana, que ya llegó documentada porque las personas que la contrataron se ocuparon de tramitárselo. Eso, matiza, es lo único bueno que les debe. Ella y Elena son las que llevan más tiempo fuera de su país. Las demás son muy jóvenes y todavía no han cumplido el año en España. Su impaciencia y rebeldía, ligadas a su juventud, les hacen tolerar peor los abusos y sólo anhelan escapar a una situación que no se imaginaron al venir. El mayor reproche de Mercedes, de 21 años, es que se identifique inmigrantes con muertos de hambre. Como sus amigas, llegó con la ilusión de ganar algo de dinero. «Los españoles piensan que vienes porque no tienes qué comer y no es así. Tenemos estudios y venimos para progresar». «Yo no he oído nunca que un ecuatoriano haya robado aquí», dice amargamente.