«Si alguna vez vienen a por mí, al menos quiero verles la cara», había manifestado a sus allegados Lluch se sabía objetivo de la banda terrorista ETA. El asesinato de su compañero Juan María Jauregui o el atentado frustrado contra el también socialista José Ramón Recalde _ambos desvinculados, como él, de la política activa_ habían servido para alertarle. Además, tenía conocimiento de que su nombre había aparecido en algunos documentos de la banda. Lluch afirmaba no tener miedo, pero su propia consciencia del riesgo que le acechaba _tanto por su apuesta por el diálogo con el PNV como por su proximidad a las víctimas_ le obligó a alejarse un tiempo de Guipúzcoa y no asistir al último festival de cine donostiarra.
22 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.Lluch era consciente de que ETA podía asesinarle. La policía le había hecho saber que en las listas de ETA habían aparecido datos de las matrículas de los coches que usaba habitualmente. Hace un par de días, un amigo le recomendó que, por su seguridad, no asistiese a un compromiso que tenía el próximo fin de semana en la Universidad del País Vasco. «La gente que me invita lo está pasando mal: sufren amenazas a diario; si no voy, nunca podré volver a mirarles a la cara», dijo Lluch, que también confesó a este amigo que en Barcelona no necesitaba escolta. El problema vasco no le era ajeno. Tenía casa en San Sebastián y en ella pasaba largas temporadas e incluso presumía de sentirse tan integrado como si hubiera nacido allí. En los últimos meses, el miedo de su familia y sus sospechas sabía que era un objetivo para ETA por sus manifestaciones contrarias a la discriminación política del PNV le hizo alejarse, en contra de lo que sentía, un tiempo de Euskadi. Con algunas de las últimas confidencias de Ernest Lluch, familiares y amigos han elaborado una especie de testamento que su asesinato saca ahora a la luz. Aunque no a tiempo. «Cuando como en los restaurantes _dijo en alguna ocasión Lluch, según comentaba ayer un compañero de Universidad_ me siento junto a la pared y de cara a la puerta, porque, si alguna vez vienen a por mí, al menos quiero verles la cara», comentó ayer su compañero y amigo Gaspar Feliu, también profesor de Historia Económica en la Universidad barcelonesa. Los últimos en verle Solía ir a pie a la Universidad y, si el martes cogió el coche, fue para acompañar a sus hijas al domicilio de su ex-esposa. Ellas y Feliu fueron los últimos en verles con vida. Y los terroristas. «Ernest no temía por su vida, prefería no pensar en eso _explicó su hermano mayor, Enric Lluch, de 72 años_, pero nosotros, los familiares, sí que estábamos preocupados y teníamos miedo de que pudiera llegar este día».