Un «currante», maestro y sindicalista

M. S. P. Colpisa VITORIA

ESPAÑA

Casado Carrera, afiliado a Comisiones Obreras, había emigrado de León hace quince años Una vez más, ETA ha roto una familia humilde, que tenía su trabajo como único patrimonio. Máximo Casado Carrera era funcionario de prisiones porque en su León natal no había podido encontrar una labor que le proporcionara los ingresos necesarios para vivir. Sus compañeros le recuerdan como una persona muy laboriosa, que incluso ejerció durante un tiempo como maestro de los reclusos de la prisión alavesa de Nanclares de Oca, centro del cual han logrado salir reinsertados algunos presos etarras.

22 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Máximo Casado era un hombre comprometido con su trabajo, pero también con su entorno. Estaba afiliado al sindicato Comisiones Obreras e incluso era delegado sindical del mismo. Llevaba quince años en Vitoria y estaba muy interesado por la cultura vasca. Lejos de anclarse en principios conservadores, había hecho todo lo posible por conocer y hablar el euskera _estudiaba el quinto curso de esta lengua_ e incluso había puesto a su hija pequeña el nombre de Zulaika. Nació en noviembre de 1958 en la localidad leonesa de Santa Elena de Jamuz, a pocos kilómetros de La Bañeza, pero antes de alcanzar la treintena ya vivía en el País Vasco. En 1985, fue destinado a la cárcel de Nanclares de Oca, donde pasó por todos los puestos, desde funcionario de la escala básica a encargado de departamento, hasta alcanzar su último puesto de jefe de servicio, cuarto en el escalafón del centro. Estaba casado y tenía dos hijos, Zulaika, de diez años, y Marino, de 18 _fruto de una relación anterior de su esposa Conchi Jaular_, joven que conoció la tragedia en Cartagena, donde cumple en la actualidad el servicio militar. Era una persona metódica y puntual, hasta el punto de que sus compañeros temieron lo peor cuando ayer miraron sus relojes y vieron que no acudía a su centro de trabajo. Uno de ellos le recordaba como «un currante nato, un tío al que le gustaban las cosas bien hechas, que nunca daba un grito ni una bronca de más». Marisol, que coincidió con él en varios trabajos de la prisión, destacaba su «preocupación por mejorar las condiciones de todos los que estamos en Nanclares, ya fuéramos funcionarios o reclusos». Preocupación Durante los últimos años, Máximo no podía evitar vivir preocupado no sólo por su seguridad personal, sino también por la de aquellos a quienes más quería: su esposa y sus dos hijos. Había sido amenazado de forma reiterada a través de pintadas de los radicales junto a su casa, donde le llamaban «carcelero». Los violentos de Jarrai le habían quemado varias veces el buzón y en alguna ocasión incluso tuvo que «aclarar» las cosas con un vecino ante la sospecha de que sus hijos fueron los autores de esas fechorías. En todo este tiempo, apenas recibió apoyos. Quizá por eso su viuda prefirió ayer no ver a ningún dirigente nacionalista.