Luis Portero dedicó su vida a servir a la Justicia y plantó cara en numerosas ocasiones a los terroristas La banda terrorista escogió con cuidado a su última víctima, un hombre querido, respetado y admirado en el mundo de la judicatura, donde ingresó en 1965. Luis Portero dio la cara muchas veces ante los terroristas, los «canallas», y deja esposa y cuatro hijos.
09 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.«Debemos tener serenidad y los terroristas la seguridad de que no la perderemos». Luis Portero sintió la muerte de Francisco Tomás y Valiente como algo personal. Sus palabras, pronunciadas apenas horas después del asesinato del ex-presidente del Tribunal Constitucional, fueron una clara defensa de la aplicación de la ley como único instrumento eficaz para poner fin al chantaje etarra. Pero la banda terrorista ha acabado antes con él y con su defensa del Estado de Derecho, dos conceptos que no aparecen en el diccionario de los «canallas», como los bautizó Portero el 14 de febrero de 1996. «Los que estamos por el Derecho y por la Justicia siempre seguiremos adelante como él _dijo en alusión a Tomás y Valiente_, como este gran hombre del Derecho que ha tenido que dejar su vida para que, precisamente unos canallas crean que con eso están haciendo algo positivo». Él siguió adelante y ayer, al cierre de esta edición, estaba clínicamente muerto. Convicciones Portero, hombre de fuertes convicciones religiosas, afable en el trato y voz pausada, plantó varias veces a los «canallas». No se escondía de los terroristas. Así, se le pudo ver en manifestaciones de protesta por sus actuaciones en Andalucía. La última, la celebrada tras los asesinatos del concejal del Partido Popular sevillano, Alberto Jiménez Becerril, y su esposa, Ascensión García, en febrero de 1998. Pero su mayor éxito es, sin duda, su familia, sus cuatro hijos. Alguno de ellos ayer escuchó los disparos de los pistoleros contra su padre. Otra familia rota, otra familia víctima de la sinrazón. Otra familia preguntándose por qué nosotros. El atentado fue recibido con dolor, rabia e indignación por sus vecinos de la callle Rector Marín Ocete en Granada, donde residía desde hace un año.