La historia del arte también se rinde a los eclipses

Marcos Pérez Maldonado

ESCUELA

Llevamos siglos obsesionados con cómo la Luna tapa el Sol, y los artistas no se iban a quedar fuera de este fenómeno. Hoy repasamos algunos de los cuadros, fotografías o películas más interesantes

18 mar 2026 . Actualizado a las 11:29 h.

En la antigüedad, la mayoría de las mitologías asociaban los eclipses a monstruos o animales que devoraban al Sol, malos presagios o castigos divinos. Tiene sentido. Ver cómo el Sol desaparece lentamente a plena luz del día hasta oscurecerse por completo es algo que incluso hoy nos sigue sorprendiendo. Sin embargo, no hay que olvidar que casi todas estas civilizaciones también crearon calendarios complejos basados en los ciclos de los astros. Incluso algunas consiguieron calcular cuándo serían los siguientes eclipses.

En resumen: las mismas culturas que inventaban historias fantásticas y mitológicas asombradas por los eclipses sabían perfectamente que consistían en que la Tierra, la Luna y el Sol se alineaban. Si te paras a pensarlo, quizá en el futuro los que estudien nuestros mitos y creencias del siglo XXI vean algo parecido entre nuestros conocimientos astronómicos y las historias que nos contamos sobre asuntos que nos fascinan, como, por ejemplo, la vida extraterrestre.

En la mitología hindú se representa a Rahu (en la imagen) como un demonio que devora el Sol provocando eclipses
En la mitología hindú se representa a Rahu (en la imagen) como un demonio que devora el Sol provocando eclipses

Toda la Tierra quedó en la oscuridad

Según tres de los evangelios, justo antes de la muerte de Jesús en la cruz «toda la Tierra quedó en oscuridad, pues el Sol se ocultó». La verdad es que se desconoce la fecha exacta de la crucifixión de Cristo, pero tenemos la absoluta certeza de que en aquella época no se pudo ver un eclipse de Sol en Judea. Además, en estos fenómenos la oscuridad apenas dura unos minutos, no varias horas. Así que lo más lógico es pensar que este relato usa la oscuridad total como un recurso dramático para resaltar la importancia del momento.

En los siglos posteriores, los motivos religiosos fueron la principal fuente de inspiración artística, por lo que a día de hoy podemos encontrar multitud de representaciones de la crucifixión, y en muchas de ellas aparecen el Sol y la Luna. Curiosamente, casi nunca salen superpuestos, como lo harían en un eclipse real, sino separados como si fueran testigos mudos de la escena.

En el Sacramentario de Metz, un manuscrito del siglo IX, por ejemplo, la Luna y el Sol tienen rostro, y su expresión refleja la pena que les provoca el sufrimiento de Jesús.

El «Sacramentario de Merz» es uno de los libros ilustrados carolingios. En la imagen se ve el Sol y la Luna representados con rostros
El «Sacramentario de Merz» es uno de los libros ilustrados carolingios. En la imagen se ve el Sol y la Luna representados con rostros

El arte que surge de la nueva ciencia

Los avances científicos del Renacimiento proporcionaron una perspectiva diferente sobre nuestro lugar en el universo. Esto se trasladó enseguida a las ilustraciones que comenzaron a aparecer en tratados como el Sidereus Nuncius de Galileo (1610) o la Selenographia de Hevelius (1647). En este libro de Hevelius, de hecho, las imágenes tienen más protagonismo que el texto. En algunas de ellas nos podemos encontrar con una descripción minuciosa de la geometría de los eclipses e incluso con el diseño de una cámara oscura con la que poder observar la evolución del fenómeno sin dañarnos los ojos.

Representación de una cámara oscura en «Selenographia»
Representación de una cámara oscura en «Selenographia»

Durante esta misma época, algunas representaciones de la crucifixión empiezan a incluir detalles astronómicos más realistas. En la Elevación de la cruz de Rubens, la iluminación tan dramática de la escena se justifica, en cierto modo, por la presencia de un Sol parcialmente eclipsado. Eso sí, a cualquier astrónomo de la actualidad le daría un infarto al ver la obra, porque en el lado contrario, escondida entre los árboles, el pintor metió una segunda luna.

Si avanzamos un poco más en el tiempo, en 1715 Edmond Halley consiguió predecir por primera vez la hora y la trayectoria de la sombra de la Luna durante un eclipse total de Sol gracias a las leyes de Newton. Veinte años después, el artista Cosmas Damian Asam, que había visto varios eclipses en persona, pintó un cuadro religioso donde un rayo de luz divina resultaba ser un eclipse solar con todo lujo de detalles. Tanta fue la precisión que hasta pintó las famosas perlas de Baily (esos puntos de luz que se ven en el borde de la Luna durante los eclipses), que Halley había descrito unos años antes.

La era de la fotografía

En 1826, Joseph Nicéphore Niepce hizo la primera fotografía de la historia, que fue una vista de la calle desde la ventana de su estudio. Para conseguirla tuvo que tener ocho horas la cámara quieta. Por suerte, un decenio después su socio Louis Daguerre consiguió reducir ese tiempo lo suficiente como para poder fotografiar a una persona. Este avance revolucionó totalmente el mundo del arte, pero no se quedó ahí: rápidamente se convirtió en una herramienta científica de valor incalculable.

En 1851, el fotógrafo Johann Berkowski logró la primera instantánea bien enfocada del Sol eclipsado, en la que incluso aparecen algunos detalles como la corona solar y sus protuberancias. La sorprendente calidad de esta imagen animó al británico Warren de la Rue a diseñar el fotoheliógrafo, un telescopio combinado con una cámara que, como su propio nombre indica, permitía fotografiar el Sol. En 1860 se llevó este instrumento a la expedición que se organizó para registrar un eclipse total desde Rivabellosa (Álava). Aunque el día estaba nublado, consiguió tomar decenas de imágenes, dos de ellas durante la fase de totalidad, en las que volvían a aparecer varias protuberancias y la corona. Comparándolas con fotografías tomadas a cientos de kilómetros de distancia se pudo determinar que ni las protuberancias ni la corona estaban lo suficientemente cerca como para formar parte de una hipotética atmósfera de la Luna, así que debían de ser estructuras propias del Sol.

En 1851 el fotógrafo Berkowski consiguió hacer la primera fotografía del Sol eclipsado
En 1851 el fotógrafo Berkowski consiguió hacer la primera fotografía del Sol eclipsado

«Después del eclipse, la Luna se lava la cara para quitarse el tizne»

A medida que avanzaba el siglo XX, el arte dejó de buscar el hiperrealismo y los eclipses empezaron a aparecer en contextos mucho más creativos. Por ejemplo, el pintor mexicano Diego Rivera dibujó un retrato cubista del escritor español Ramón Gómez de la Serna y le sustituyó uno de los ojos por un eclipse solar. El título de este apartado es precisamente una de las famosas greguerías del autor madrileño en la que hace referencia al fenómeno astronómico.

Retrato cubista de Ramón Gómez de la Serna pintado por el mexicano Diego Rivera.
Retrato cubista de Ramón Gómez de la Serna pintado por el mexicano Diego Rivera.

En otras obras, como La campaña del príncipe Igor (1942), vemos un ejército marchando bajo la luz tenebrosa de un eclipse. Esto nos recuerda los malos presagios de los mitos antiguos, pero también encaja con el oscuro momento histórico en el que se pintó, en plena Segunda Guerra Mundial. La lista de artistas que aprovecharon el potencial simbólico de los eclipses de Sol es larga, e incluye grandes nombres de la historia del arte, como Wassily Kandinsky, Marianne von Werefkin, George Grosz, Egon Schiele, Alma Thomas, Roy Lichtenstein, Juan Genovés o Rufino Tamayo.

Los eclipses en el cine

El crítico de cine Martin Pawley ha contabilizado unas treinta películas donde aparecen eclipses solares o se habla de ellos. El impacto de estos fenómenos es tal que en la grabación de Barrabás (Richard Fleischer, 1961) aprovecharon un eclipse total de Sol real para rodar la escena de la crucifixión de Cristo. Imagina la tensión del director de fotografía, Aldo Tonti, en ese momento. Para evitar problemas tuvo que utilizar tres cámaras a la vez sabiendo que no había posibilidad de repetir la toma si algo salía mal.

Si después de leer este reportaje sientes un gran interés por los eclipses, no te puedes perder L. Cohen (2018). Este documental es obligatorio verlo. El director, James Benning, nos invita a mirar fijamente durante 45 minutos cómo la luz de un eclipse total va modificando el paisaje. Una auténtica joya para ver el poder transformador que tiene la luz de este fenómeno astronómico.

Imagen de la película «L. Cohen», del director James Benning, donde se aprecia un eclipse
Imagen de la película «L. Cohen», del director James Benning, donde se aprecia un eclipse LA VOZ DE LA ESCUELA