Vieron «una Hiroshima completamente arrasada [...], un enorme lago de fuego» tras la explosión
09 dic 2025 . Actualizado a las 20:22 h.Han pasado 80 años desde el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, y Nagasaki, el 15, con las que se acabó la Segunda Guerra Mundial. China fue la última en recordarlo, el 3 de septiembre, cuando celebró la rendición de Japón con un desfile (La Voz, 4/9/2025).
La Voz publicó en el 25.º aniversario el testimonio de un español que vivió en primera persona el horror de Hiroshima, el sacerdote Pedro Arrupe, nacido en Bilbao en 1907 y que fue superior general de la Compañía de Jesús (Jesuitas) entre 1965 y 1983. Arrupe escribió en 1951 el libro Yo viví la bomba atómica (editorial Studium), y La Voz publicó en 1970 seis capítulos del libro en días sucesivos. El primero, del 11 de agosto, explica cómo vivían, casi con naturalidad, los japoneses la guerra. Pero el segundo capítulo es tremendo.
Los Jesuitas tenían en Hiroshima una casa «a unos seis kilómetros del centro de la explosión atómica, que era el noviciado [un lugar donde viven quienes se preparan para entrar en una orden religiosa] de Nagatsuka», donde estaba Arrupe aquel día «con otros 35 jóvenes». Nuestro protagonista describe la cotidiana tranquilidad con la que vivían el vuelo de los bombarderos B-29 estadounidenses, a los que se habían acostumbrado como algo normal. En parte podía deberse a que Hiroshima, que era una ciudad del sur de Japón de cierta importancia militar, había sido bombardeada una vez y no había sufrido graves daños.
«Todos los días, a eso de las cinco y media de la mañana, aparecía en el cielo un avión norteamericano B-29 en viaje de observación. Su puntualidad era matemática [...], coincidía casi todos los días con la que me daban a mí para decir la misa de cinco y media. Nadie se inmutaba por la venida del bombardero. Incluso se tomaba a broma. Le pusieron el nombre del ‘‘correo americano'', y todo se reducía a comentar su llegada con indiferencia», cuenta Arrupe (La Voz, 12/8/1970).
El 6 de agosto no parecía que fuera a ser un día distinto. Sin embargo lo fue: «A eso de las ocho menos cinco de la mañana apareció otro bombardero B-29. La señal de alarma no nos produjo la menor impresión [...]. Diez minutos después terminó la señal de peligro, indicando que el enemigo estaba fuera de la ciudad. Con esto nos pusimos a trabajar con toda paz» (ídem).
Pero de repente se vio una luz muy fuerte: «Estaba yo en mi cuarto con otro padre, a las ocho y cuarto de la mañana, cuando de repente vimos una luz potentísima, como un fogonazo de magnesio disparado ante nuestros ojos»”. Se refiere Arrupe a los flashes de las cámaras fotográficas de la época, en los que se usaba este mineral para obtener el destello. Segundos después oyeron y sintieron la explosión: «Naturalmente, extrañados, nos levantamos para ver lo que sucedía, y al ir a abrir la puerta del aposento —éste daba hacia la ciudad— oímos una explosión formidable, parecida al rugido de un terrible huracán, que se llevó por delante puertas, ventanas, cristales, paredes endebles..., que hechos añicos iban cayendo sobre nuestras cabezas» (ídem). Tras comprobar que nadie había resultado herido, fueron a mirar dónde había caído la bomba, pero, lógicamente, no vieron nada alrededor de la casa. Tardaron un cuarto de hora, dice, en ver «una Hiroshima completamente arrasada» que dos horas más tarde era «un enorme lago de fuego».
Sigue la narración de lo que ocurrió en realidad, tomada de los testimonios de los supervivientes: el fogonazo de la bomba a 150 metros de altura sin hacer casi ruido, la columna de llamas que cayó rápidamente y estalló de nuevo, esta vez con mucha más violencia y un gran estruendo, y lanzando en todas direcciones llamas que lo fundieron todo. Un momento después, «una gigantesca montaña de nubes se arremolinó en el cielo [y...] apareció un globo de terrorífica cabeza» [el hongo de la explosión atómica]. Todo acabó a los diez minutos con «una especie de lluvia negra y pesada» (ídem).
Finaliza este capítulo contando cómo los japoneses, que aún no sabían qué había pasado, se referían a lo ocurrido «con la palabra Pika-don. Pika era para ellos el fogonazo, y don, el ruido de la explosión”, un término que aún se conserva hoy.
ACTIVIDADES
- ¿Quién fundó la Compañía de Jesús? ¿En qué año? Recientemente falleció un famoso jesuita: ¿sabes a quién nos referimos?
- «Pika-don», la bomba que cayó sobre Hiroshima, había sido bautizada con otro nombre por los estadounidenses. Averígualo. Y también el del B-29 que la lanzó.
- Es fácil localizar el resto de los capítulos del libro de Arrupe que publicó La Voz en 1970 y continuar con su lectura.