La actividad humana altera la naturaleza de tal manera que ha sido necesario acotar algunos lugares para preservar el paisaje. Uno de estos paisajes es la noche estrellada. Por desgracia, la proliferación de luces en ciudades, polígonos industriales y carreteras hace cada vez más difícil disfrutar del esplendor del firmamento. Prueba de ello es que muchos jóvenes urbanos nunca han tenido la oportunidad de contemplar la Vía Láctea, o que los astrónomos tienen que abandonar observatorios históricos por la contaminación lumínica, aun de la de ciudades situadas a cientos de kilómetros.
Si la noche estrellada alcanza algún día la condición de patrimonio de la humanidad, no será solo por su belleza, sino también porque en el firmamento está grabada la huella de muchas civilizaciones. Así, en el Egipto de los faraones la Vía Láctea era la continuación del Nilo, y en particular el tramo que los difuntos debían recorrer en su camino al más allá. Para los celtas, este pálido jirón de luz que cruza la bóveda celeste era la muralla que protegía la fortaleza donde vivía el hijo de la diosa Tierra.
También los nombres de estrellas y constelaciones revelan esta huella. Algunas, como Tauro, fueron asociadas al mismo ser mitológico (un toro) en tradiciones tan alejadas en el tiempo y el espacio como los sumerios o las tribus del Amazonas del siglo XVIII.