Cuando el líder no es suficiente


redacción / la voz

Albert Rivera siempre se resistió a hablar de pactos poselectorales. «Si no podemos formar gobierno, estaremos en la oposición», repetía machaconamente, porque se presentaba como alternativa a gobernar. Expresaba una confianza sustentada en los históricos resultados obtenidos en Cataluña y en la fuerza de las encuestas, algunas de las cuales lo daban como segundo partido más votado. Con este aval y una gran confianza en sí mismo inició pletórico la campaña. Se dejaba llevar por una ola ganadora empujada por su carisma, más que por la fuerza de sus bases.

Hasta que el debate a cuatro en televisión empezó a desnudarlo. Se le vio nervioso y precipitado, como si la responsabilidad comenzara a corroer su granítico entusiasmo, algo que para un partido que se apoyaba en la imagen de su líder suponía una cura de humildad. Rivera no podía hacerlo todo por sí mismo, pero sus candidatos, tapados en cada provincia para reforzar la imagen del presidenciable, tampoco le ayudaban. Y menos cuando no sabían explicar los compromisos que tenían para cada territorio o ni siquiera por qué había que pedir el voto, como le pasó a su cabeza de lista por Sevilla. Ciudadanos se exhibía como un gigante con pies de barro. Y tampoco le ayudó su polémica propuesta de equiparar a hombres y mujeres en la violencia de género. Sin encuestas que pudieran certificarlo, la sensación era que Ciudadanos se desinflaba. Y Rivera lo debió intuir cuando, el último día de campaña, ya no descartaba abstenerse y facilitar el gobierno al ganador. Pero la suma no llega.

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