¡Qué tiempos aquellos!


Hubo un tiempo, cuando Internet -como le gusta citar a Sánchez- aún era en España cosa de unos pocos frikis y visionarios, en el que un mitin congregaba en A Coruña a 15.000 personas. Ahora van 2.000 y gracias. El niño o la niña que en aquellos años se embelesaba con Felipe González, que se hizo adolescente ilusionado/a por Zapatero, ahora de joven vota a Podemos. Ese es el triste sino de Pedro Sánchez. Ha llegado a destiempo, a un partido mortecino y desorientado. Y, de momento, no ha sido capaz de insuflarle el ánimo necesario. El suyo es un discurso de Gobierno, correcto, serio, riguroso, con la necesaria dosis de regeneración. Pero un partido más que centenario, lleno de gente que ha sufrido y sigue sufriendo, de gente que ha pasado y sigue pasando todo tipo de penurias y penalidades, necesita mucho más que un discurso aseado, incluso razonable. Su gente necesita ilusión y esperanza, necesita razones para sonreír, que diría Pablo Iglesias. Pero Sánchez no se las acaba de dar. Los socialistas dudan entre lo que deben y lo que quieren, entre la responsabilidad y el deseo, entre lo que fueron y lo que quieren ser. Y en ese titubeo se les van las elecciones. Es prematuro, e interesado, enterrar ya al PSOE, como hacen los demás partidos. Pero a Sánchez ya solo le queda una oportunidad para remontar. Si fracasa, él dirá adiós y su partido se quedará con más pasado que futuro.

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