Recientemente hemos visto a muchos jóvenes desplazarse a Valencia para ayudar a los vecinos y a recomponer las calles afectadas por la dana. Esta imagen entra en conflicto con la de la pandemia, en la que reclamaban que se les había privado de su derecho a divertirse, mientras la gente se moría a su alrededor.
Esta forma poliédrica de actuar pone de manifiesto que, aunque tendemos a sobrevalorar a la juventud por su capacidad de adaptación, lo cierto es que muchos se sienten infelices y caen en la enfermedad mental por la falta de referentes morales que les den seguridad. El consumismo desmedido, el uso adictivo de las pantallas y la dependencia de las redes sociales los han hecho vulnerables. Aprovechando su debilidad, las grandes empresas y las plataformas tecnológicas han descubierto en ellos un filón para ganar dinero. Conociendo su consumismo, les venden sus productos sin importar en absoluto si les perjudican, con tal de incrementar sus beneficios económicos. Y lo hacen con impunidad, conscientes de que no van a encontrar oposición en los gobiernos. Esta vulnerabilidad de los jóvenes se incrementa si se combina con la asunción por parte de estos de consignas estereotipadas al servicio de ideologías que anulan su espíritu crítico. Así, los jóvenes van cayendo en las trampas de esta sociedad.
Por esto es fundamental el papel de las familias. En primer lugar, dejando de lado este paternalismo sobreprotector imperante que los infantiliza; no teniendo miedo a perder el cariño de los hijos cuando les corrigen por actuar mal, evitando los chantajes afectivos; educándoles en el valor del esfuerzo, que permite que conozcan y aprovechen mejor sus capacidades; e implicándose más en la supervisión de sus hijos. Y para ello las familias cuentan con un recurso que las hace imbatibles: trabajar en equipo con los profesores y los entrenadores deportivos o de cualquier otra afición. De esta manera, los resultados son siempre alentadores. Si un niño recibe una formación en casa, la mantiene en el colegio y la continúa con su entrenador, el mensaje no encuentra obstáculos. Pero las familias, aunque han delegado la educación de sus hijos en los profesores, les impiden hacer su labor, amenazándoles incluso cuando se ven obligados a abandonar su paternalismo simplón para corregir la mala conducta de su hijo. En ese caso, lo mejor es matar al mensajero. Y lo mismo le pasa al entrenador deportivo cuando le dejan inesperadamente sin un jugador como forma de «darle a su hijo donde más le duele», que, increíblemente, nunca es restringiéndole el móvil. Cuando se nos llena la boca diciendo que la solución a los problemas de los jóvenes está en la educación debemos recordar que esta comienza en casa.
Y no vengan con que es difícil trabajar en equipo: muchas familias lo hacen, y son capaces de educar jóvenes excelentes.