¡Estudiantes de España, uníos!


Convertidos en cobayas, los estudiantes universitarios y quienes cursan el bachillerato con la expectativa de acceder a la enseñanza superior estarán atónitos ante el bochornoso espectáculo que vienen dando los sucesivos ministros de Educación y las autoridades académicas que tantas veces han apoyado sus disparatadas ocurrencias.

La última -el proyecto Wert de reducir a tres años los grados y aumentar a dos los másteres- no es más que la estación término del viaje hacia el desastre iniciado con el llamado Plan Bolonia. Su objetivo -crear un espacio europeo de educación superior-, ha dado lugar en realidad a todo lo contrario: no ya a que cada país, sino cada universidad e incluso cada facultad, vaya por su cuenta, de forma que la predicada convergencia ha generado el más divergente sistema imaginable.

Entre tanto, mientras los profesores hemos asumido en silencio una reforma formidable sin medios y sin planificación -lo que, perjudicando a los alumnos, ha convertido lo poco positivo de la reforma boloñesa en un simple cuento chino-, aquellos son las víctimas impotentes de un calendario de exámenes descabellado, unos planes de estudio demenciales y una reducción de las titulaciones de cinco a cuatro años que les ha obligado a estudiar lo mismo en menos tiempo y, como era de prever, mucho peor.

La enloquecida propuesta de Wert sobre duración de másteres y grados -cuya voluntariedad convertirá nuestra universidad en una feria- supone la culminación de ese destrozo, lo que hace difícil de entender, salvo desde el cinismo, la actual oposición de quienes antes aplaudían su directo antecedente.

Los estudiantes no deben tomarse a broma esta peligrosísima reforma, que arrasará con la igualdad de oportunidades que caracterizó durante decenios a nuestra enseñanza superior. Antes, todos los licenciados salían al mercado en igualdad de condiciones, sin otra diferencia que la nacida de su esfuerzo. El nuevo sistema de 3+2 empeora hasta el escándalo los defectos del actual 4+1: primero, porque nadie contratará a un graduado sin un máster; segundo, porque, al ser los másteres más caros, se producirá una discriminación entre quienes puedan pagar sus estudios de cinco años y quienes no; y tercero, porque hay poderosas razones para pensar que los másteres oficiales serán incapaces de competir con los privados, muchísimo más caros, pero con una empleabilidad muy superior.

O nuestros alumnos se unen en defensa de sus intereses, que son los de la universidad y los de España, o el elefante desbocado que hoy gobierna el Ministerio de Educación convertirá la enseñanza superior en la peor y más injusta que, en pleno siglo XXI, cabe imaginar. De los estudiantes depende, pues sus profesores ya hemos demostrado estar dispuestos a tragar lo que nos echen sin decir ni una palabra.

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