Llevamos décadas escuchando que los vigueses no sienten como propia la Universidad, porque su estructura fundamental está en el monte.
Lo dicen algunos que se sacrifican para llevar a sus niños al complejo deportivo del Mercantil, a dos pasos del cogollo universitario, o se van los fines de semana a bañarse a Cabo Udra para soportar unos viajes de retorno inaguantables. Un tópico más, ese del monte, extendido por los que tienen menos derecho a explayarlo.
Ahora que la Universidad está en auge y aparece en todas las salsas, los que sienten lejos la institución la adivinan más cerca. Y a lo mejor hasta disculpan a quienes tuvieron que buscar donde los hubiera un montón de miles de metros cuadrados para empezar a asentarla cuando aun era Colegio Universitario y el joven Gayoso no tenía sobre sí la túnica del pecado, sino la clámide del éxito. Con los años, estas cosas pasan.
No creo que el argumento de la distancia tenga más peso que la calidad para apreciar algo más o menos. Ese es todavía el problema de nuestra Universidad, que habiendo dado saltos de gigante, sobre todo en los últimos tiempos, aun no goza de la excelencia necesaria para que cuente en el mundo como nos gustaría. Más lejos vamos por caprichos o fruslerías y no nos duelen los pies ni nos mareamos las meninges.
Va siendo hora de que quienes utilizan el tópico de que la Universidad está en el monte, para no apreciarla en su justo valor, lo olviden.
Aunque los rectores de la institución no deberían dejar de lado algo que tenían y perdieron: un emblema, un símbolo en el cogollo mismo de la ciudad. Es hora de que recuperen una sede parecida, aunque sean malos tiempos para la lírica del euro.
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