El final de la huida

Fernández de Sousa estuvo a punto de llevarse por delante una de las mayores empresas que ha conocido Galicia


Acostumbrado como estaba a un trato de virrey, a que nadie le chistara una decisión, Manuel Fernández de Sousa-Faro consideró oportuno durante meses ampararse en que lo sucedido en Pescanova en la primavera del 2013 era «un bache», un «problema puntual de tesorería», un «malentendido», un «efecto de la crisis», sin pensar siquiera que hubiera quien se lo discutiera. Su palabra, hasta un infausto día de febrero del 2013, era ley. Resultó que en su huida estuvo a punto de llevarse por delante una de las mayores empresas que ha conocido Galicia, más de 10.000 empleos, una marca de prestigio y cientos de pequeños accionistas que confiaban en una sociedad ejemplar. En su huida contagió la sospecha de fraude a otros gigantes de la alimentación que nada tenían que ver con sus enredos. En su huida Sousa arrastró a parte de su familia. Pero en su huida se topó con una Fiscalía bien armada y con dos jueces (Pablo Ruz primero, José de la Mata después) que fueron capaces de desmontar una complejísima trama de miles de facturas falsas («no hay contabilidad B», decía el empresario), de movimientos de capitales, de sociedades opacas... y llevarlo al banquillo. Ahí está el final de la escapada. La empresa ha sobrevivido. Por fortuna. No por él.

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