Acostumbrados en los últimos decenios a una inflación estable y contenida, los años recientes han sido momentos de interrogantes ante un proceso deflacionario infrecuente. Si la inflación descontrolada es un peligro para los habituales dogmas de estabilidad impulsados desde los bancos centrales, la deflación esconde tantos o más riesgos, y uno muy especial: su desconocimiento y la crisis de confianza que genera.
En nuestra sociedad se utilizan con frecuencia una serie de palabras, pero raras veces nos paramos a pensar su trascendencia. Una de ellas es el omnipresente índice de precios al consumo. Da igual que suba, baje o se mantenga estable. Siempre suscita polémica, augurios y nerviosismo, aunque en escasas ocasiones se hable de su verdadero alcance sistémico.
Los últimos datos del IPC parecen consolidar que el escenario deflacionista ha quedado atrás y que todo vuelve a ser igual que siempre. Sin embargo, la inflación afecta a nuestro día a día en temas tan relevantes como los salarios y las pensiones, el crédito que solicitamos o los impuestos que pagamos. Es decir, no es neutral.
La economía se ha vuelto científica. Se utilizan teorías y modelos refinados sobre la relación entre la tasa de inflación y la de desempleo, se discute sobre si el problema es de la demanda, de la oferta monetaria o de las rigideces del sistema productivo, y un sinfín de cuestiones más. Pero más pronto que tarde el bolsillo del ciudadano será el que lo note.