Tienen razón el presidente del Gobierno y los ministros de Economía y Hacienda cuando justifican el incumplimiento del objetivo de déficit público (un -5,2% del PIB) ante las autoridades europeas con el argumento de que lo importante es que la economía creció en ese año a una tasa impresionante en Europa (3,2?%). Que los acreedores y los mercados deben dar más valor al éxito de nuestro crecimiento que al fracaso del incumplimiento.
Pero, ¿y si sucediera que ese éxito solo se explica por aquel fracaso? ¿Será sostenible corregir el fracaso -como reclama Bruselas- y mantener el éxito? ¿Habría otra forma de hacer las dos cosas?
Para empezar, el éxito (haber pasado de un crecimiento del PIB del 1,4 % al 3,2 en un año) no se debe a una demanda externa que en vez de ayudar restó. Porque las importaciones se dispararon por encima de las exportaciones, y ello a pesar del ahorro en la factura energética. El motor del crecimiento fue una demanda interna que tanto en consumo privado como público se vio impulsada por rebajas fiscales lineales y alegrías presupuestarias electoralistas. Baste con decir que mientras el consumo público se frenó en el 2014, en el 2015 creció al 2,7?%, y el privado pasó del 1,2% al 3,1. Ambas cosas son incongruentes con el austericidio en los servicios públicos básicos por un lado o, por otro, con una desprotección de los desempleados y una creación de empleo temporal y a tiempo parcial con ingresos de pobreza. Rebajas y alegrías.
Para cumplir con el déficit se hace imprescindible recortar los siete puntos de PIB que los ingresos públicos tienen de menos en España respecto a la UE. Ni alegrías electorales ni rebajas. Tres puntos deben proceder de aportaciones fiscales de unas rentas no salariales (y de sus patrimonios) que en España capturan una mayor parte del PIB que la media europea. Sin sicav, sin ETVE y sin las variadas goteras fiscales que esas rentas aprovechan al máximo. Un mayor esfuerzo fiscal de esas rentas que neutralice el pago por intereses de la deuda. Hecho esto, una mayor imposición indirecta sobre los bienes de lujo debiera afectarse al creciente déficit de la Seguridad Social para cubrir sus cargas no contributivas. El déficit primario solo debiera aceptarse para gastos de inversión de un nuevo modelo productivo y para prioridades colectivas (pobreza o sanidad). Cumpliríamos con el déficit, seríamos una sociedad menos desigual y más europea ? aunque quizás no creciésemos más del 2 %. Ni tanto éxito, ni tanto fracaso.