Los sueños tienen que ver con nuestros deseos no realizados, por eso conseguir hoy un empleo es un sueño para millones de ciudadanos. Las largas colas en Vigo tienen que ver con la posibilidad de lograr aquello que ha pasado a constituir el bien más preciado. Existen objetos de la necesidad, como la comida y la vivienda, objetos del deseo y objetos del deber. Hasta hace poco, el trabajo se vinculaba más bien al sacrificio y al deber, de acuerdo con la maldición bíblica: «Con fatiga sacarás tu alimento todos los días de tu vida». Por eso, no estaba mal visto quejarse del trabajo o de sus condiciones, queja que ahora, «con la que está cayendo», parece haber perdido toda legitimidad moral. Porque la crisis y el desempleo han forzado un cambio también en la relación subjetiva con el trabajo, que ha pasado de ser considerado como una obligación penosa, para la mayoría, a valorarse como un objeto de deseo y casi un signo de privilegio. En estos momentos la gran división social no se establece tanto en función del nivel de renta sino entre los que tienen empleo y los que no. Si la mayor fortuna es tener trabajo, no es extraño que Empregalia pase a ser una versión actual de la leyenda de El Dorado. Pero, más allá de la promesa, es inevitable que estas colas nos evoquen a las que se producían durante la Gran Depresión en Estados Unidos cuando se llenaban las calles con personas dispuestas a realizar cualquier tarea que permitiera comer, ese día, a su familia. La comparación puede sonar apocalíptica, pero no lo es tanto cuando son cada vez más los que tienen que recurrir a las organizaciones de solidaridad social para cubrir necesidades básicas y la Junta de Andalucía tiene que garantizar, por decreto, que los niños y ancianos pobres puedan comer tres veces al día.
Nuestra civilización, y nuestra subjetividad, no estaban preparadas para un escenario de este tipo. Por eso la incertidumbre es masiva y la angustia y la tristeza se generalizan. La realidad es angustiosa para los que están en situaciones límite, pero triste para todos. Todo está ensombrecido, y aumentan las depresiones. Se constata un decaimiento del deseo que se expresa en todos los órdenes de la vida, y que también alcanza a quienes no han visto modificadas sus condiciones de vida. Nos habíamos educado en la cultura de que, quien está dispuesto a trabajar, siempre sale para adelante. La mayoría de los ciudadanos lo creyeron y han cumplido su parte del contrato, por eso vemos colas de miles de personas responsables, con formación suficiente, y dispuestas a trabajar. Si el sueño de cada integrante de esa cola se ve permanentemente frustrado, nos espera la pesadilla colectiva.