Sostiene el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, ante los datos de desempleo de diciembre, que algo se mueve en las entrañas de la economía española, se supone que para bien, a la vista de un descenso del número de parados registrados en las oficinas de empleo de 59.000 personas.
Creo que el ministro acierta, pero para mal. Porque ese descenso de los parados registrados (jóvenes y mujeres, sobre todo), cuando los afiliados ocupados caen ese mismo mes en decenas de miles de personas (y lo hacen en la industria, en la construcción y en la hostelería), no puede sino interpretarse como un aumento del desánimo, no de la actividad. Y menos de una ocupación ajena a la campaña navideña.
En una depresión económica (la palabra recesión ya se nos va quedando muy corta) si el empleo que miden los afiliados sigue cayendo, no cabe, en buena medida, interpretar la reducción de los parados registrados sino como un efecto desánimo; pero en vez -por tanto- de iluminarse con su farola, el ministro lo que hace es agarrarse a ella para soñar que vamos por el buen camino. Soñar que en plena depresión podemos estar consiguiendo el mejor registro histórico de caída del desempleo.
El año pasado por estas fechas, el paro registrado había aumentado en el mes de diciembre en dos mil personas, mientras los cotizantes caían menos de la mitad que ahora. Un año después, la caída de empleo se duplica (y eso una vez descontadas las bajas de dependencia) y el ministro habla de entrañas que se mueven. Serán las de la depresión. A Cristóbal Montoro no le inquieta que en los últimos doce meses hayan desaparecido del mapa el doble de cotizantes que en los doce anteriores (787.000 personas, frente a 355.000); le basta al ministro con agarrarse a que los crecientes parados de larga duración, que agotaron sus prestaciones o su paciencia, pierdan el interés de mantener viva una demanda de empleo.
Por eso, mucho me temo que seguirán removiendo esas entrañas con su cirugía de ajustes y austeridad.