La alegría del otro


En época de duelo, apagas la televisión, desconectas la radio, le dices adiós al mundo y te centras en tu propio dolor. Poco a poco abres las mirillas de tu casa y con las entradas de luz vuelves a descubrir el mundo. De modo similar vivimos hoy la economía los españoles, agazapados. Golpea con tanta fuerza que llegamos a creer que el mundo es así. Duro ¡Qué error! Fuera se vive un carnaval inimaginable para quien tiene que mirar un día sí y otro también su cartera al entrar en el supermercado. Y esa fiesta poco audible se manifiesta con fuerza, golpeándonos en donde más nos duele, en el bolsillo. ¿Y cómo llega? A través de las subidas de todos aquellos productos que cotizan en un mercado mundial. Y si alguien tiene dudas, que le pregunte a un ganadero gallego, sabe perfectamente que el crecimiento de la cabaña de las economías emergente ha elevado el precio de los piensos, dejando a su explotación al borde de la quiebra.  

La ola inflacionista ya ha trascendido al campo, y ha llegado a las ciudades vía crecimiento de los precios energéticos. Todos los derivados del petróleo crecen con la misma alegría que la espuma en una fiesta infantil. Los impulsa el desarrollo económico de América Latina y Asia, y los acaba de empujar la inestabilidad política de Irán. Esta ola va a hacer daño y mucho, porque viene acompañada de una bajada general de los salarios. Pocos son los que suben acorde a la vida y bastantes los que se están ajustando con bajadas nominales o reales, y ya no citemos a los que lo han perdido. No terminan aquí las desgracias, al golpear con la demanda deprimida, muchos pequeños empresarios, como los transportistas, tendrán que comerse parte de la subida. No hay cliente a quien trasladársela. Demasiado peso para espaldas tan debilitadas. El rictus de las grandes compañías energéticas no se entristecerá. Saben que sus productos no tienen sustitutivos, los compras sí o sí. ¿Y el gobierno? Deberá abrir el debate energético. ¿Nucleares?

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