Los carteros rurales, que utilizan su coche para el reparto, exigen que se les compense por la subida del precio de la gasolina
17 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Cada tarde, a las ocho y media, cuando las puertas de la sede central de Correos de Santiago se cierran al público, un grupo de unas 15 personas sacan sus colchones y sacos de dormir para empezar una larga noche en un entorno frío e inhóspito. Los que parecen vagabundos que huyen de la intemperie son, en realidad, carteros rurales afiliados a la CIG, que han decidido evocar el espíritu de Sintel, aunque en versión gallega. La cazuelas con garbanzos han sido sustituidas por bocadillos de chorizo y ahora, como dicen ellos, hablan en clave de país. Estos empleados seguirán acampando dentro de la oficina mientras que la empresa no se avenga a negociar una mejora en la compensación que les otorga por cada kilómetro recorrido. Los carteros del medio rural se quejan de que tienen que utilizar su propio coche para el reparto y de que, a pesar del encarecimiento del combustible, Correos les sigue abonando la misma cantidad desde el año 2003: 0,19 euros por cada mil metros recorridos. Por la mañana, antes de que se abra la oficina, los carteros se levantan, recogen su improvisado campamento base y le piden al guardia de seguridad que les abra las puertas de los baños. Cuando llega el público, el tenderete ya está recogido. Entonces, ya vestidos y aseados, inician una labor de divulgación de sus reivindicaciones. Luego desayunan y comen en la calle. Y así, hasta la noche siguiente. Para que esta protesta llegue a ser como la protagonizada durante meses el madrileño paseo de la Castellana por los trabajadores de Sintel, hacen falta más cacerolas, mesas y sillas de plástico, y el olor de unas lentejas cocinadas en un pequeño hornillo de gas. Pero los carteros han decidido no alterar la cotidianeidad de la oficina de Correos. Y salvo un pequeño puesto de información o algún sindicalista que descansa por no haber dormido bien, la imagen de normalidad es casi absoluta. De momento, la empresa ha informado de que está dispuesta a negociar con los trabajadores y, mientras siga el encierro, mantiene a un guardia de seguridad en las dependencias para controlar a los carteros. Como el vigilante cambia cada noche, los acampados no tienen tiempo para intimar e intercambiar con él impresiones sobre las sempiternas injusticias del mundo laboral. «A noite faise moi longa, pero falamos, fumamos e contamos anécdotas», detalla Xosé Blanco, secretario xeral de CIG Correos. Los carteros rurales llevan acampados una semana y, por ahora, no tienen intención de marcharse. Exigen que Correos suba de 0,19 a 0,23 euros lo que paga por kilómetro. De no ser así, se mantendrá la convocatoria de huelga para los días 28 y 29 de noviembre. La empresa argumenta que la subida de los carburantes ha afectado a toda la compañía y que, por tanto, hace falta una negociación a nivel nacional. Correos, además, dice que paga más que el resto de la Administración. El problema está en que, al parecer, no actualiza las tarifas desde 1998.