Cambiar para progresar

La Administración debe apoyar a los sectores en crisis derivadas de transformaciones tecnológicas


Ex Presidente Xunta de Galicia.

Afirmaba el profesor Raymond Barre que el concepto de progreso es sinónimo de optimismo y de un ideal de organización de la sociedad. Incluso, el ex-primer ministro francés matizaba que el progreso ha inspirado revoluciones políticas como constituye el sustento de numerosos proyectos políticos, económicos y sociales.El concepto de progreso viene de muy antiguo. Se cuenta que hace más de dos siglos en los escritos humanistas se recordaba que «el género humano caminaba siempre, aunque sea a paso lento, hacia una mayor perfección». En otros estudios se insistía en la idea de la perfectibilidad al socaire de la siguiente afirmación «la esperanza de la especie humana se centra en la combinación de tres ejes: la destrucción de las desigualdades entre naciones; el progreso de la igualdad dentro del mismo pueblo; y el perfeccionamiento real del individuo». En consecuencia, la ilusión del progreso ha servido para que muchos intelectuales y políticos hayan utilizado su esencia y sus postulados para abordar las estrategias y los proyectos de un territorio o nación. En los tiempos actuales el término progreso posee una nueva concepción. Oscila entre el respeto hacia la dignidad humana hasta el mayor crecimiento de la producción y la riqueza; abarcando la reducción de las desigualdades sociales, y la extensión y reforzamiento de la democracia. Es decir, comprende aspectos tanto cuantitativos (la idea de más) como cualitativos (la idea de mejor y de mejora). Sin embargo, la cuestión básica radica en evaluar las necesidades y las capacidades de aptitud de las sociedades ante los cambios. O sea, se insiste en el hecho de comprender las evoluciones que se producen en los territorios; sus capacidades de alcanzar y adoptar las técnicas y modos de organización más avanzados; y cómo se dotan de los medios para lograr y satisfacer las ambiciones y objetivos colectivos. La globalización, como es bien sabido, ha cambiado de manera profunda muchas de las relaciones básicas de la sociedad, tales como la educación, el funcionamiento de las empresas, las relaciones financieras..., aspectos que requieren necesarias correcciones al objeto de evitar discriminaciones y desigualdades. En consecuencia, la evolución del progreso ha estado sometida a un contraste de adaptaciones brillantes y rápidas junto a fuertes y reacias resistencias. Si tuviéramos que resumir cuáles fueron los elementos que más frenaron las evoluciones y adaptaciones de la sociedad podríamos afirmar dos principales: el centralismo, que buscaba imponer una uniformización y una fuerte rigidez a los procesos de cambio y adaptación; y el proteccionismo, que aisla y reduce los campos de actuación. Hoy en día, las resistencias a los cambios se endurecen por ciertas rigideces estructurales, es decir, por los amplios poderes y el afianzamiento que adquieren ciertos grupos profesionales que poseen ventajas adquiridas y por el envejecimiento de la población derivado de factores demográficos. Los niveles de educación y de formación son los que más influyen y contribuyen en las capacidades de adaptación de las sociedades activas. Y junto a estos elementos debemos añadir el «espíritu de innovación», factor que funciona como el resorte necesario para afrontar los cambios. Pero los procesos de adaptación al cambio no recaen única y exclusivamente en el campo de los individuos, sino que también existen obligaciones para el Estado. Para incentivar los cambios y, al mismo tiempo, para incorporarnos al progreso es preciso que las Instituciones Públicas estimulen acciones y opciones claramente de corte ofensivo frente a las actitudes más complacientes cara a las grandes corporaciones y corporativismos. De ahí que las Administraciones Públicas deben apoyar y tener como obligación la promoción de políticas de asistencia a las actividades amenazadas de reconversión y ajuste derivadas de transformaciones tecnológicas y productivas; y de sostenimiento y apoyo a aquellos territorios afectados de manera directa por las aplicaciones derivadas del estricto proceso de los avances técnicos. La globalización nos exige, pues, adaptarnos al nuevo contexto y condiciones de referencia cuya manifestación más plausible es la competencia. En la actualidad, la competencia y la rivalidad es más amplia, mayor y más intensa. En suma, no se puede desdeñar e ignorar. Suele venir acompañada de costes económicos, sociales y humanos. Por eso, no debemos ser impasibles a los procesos de reestructuración económicos que pueden afectar a ciertos territorios y actividades, arrastrando a un paro estructural a muchas personas y a una ralentización económica de las zonas. Los individuos en función de sus edades, formación y capacitación sufren los costes humanos de la adaptación y, en ocasiones, se ven incitados a la movilidad geográfica o a cambios profesionales como consecuencia del proceso de progreso y transformación. En este sentido, el progreso tiene que apuntar hacia situaciones más equilibradoras y sostenibles aunque en ese camino se produzcan situaciones más que discutibles y paradójicas. En consecuencia, siempre ha de quedar claro que progresar es avanzar, dar un paso adelante; y quien no lo da, significa quedar rezagado y en ocasiones inmóvil. Resumiendo, no se debe dar un paso atrás, ni para coger carrerilla o impulso.

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