El pasado miércoles los agricultores pasaron la noche en el silencio y negrura del vial de Ourense a Santiago lamentando entre café y café la actitud del subdelegado del Gobierno
06 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.La noche del pasado miércoles fue la más especial para los manifestantes. La salida de Ourense por Velle estaba tranquila, sin tantos coches de Tráfico como tuvo durante el día. Y es que parecía que a Ourense iba a llegar un jefe de Estado. El acceso a la N-525 dirección Santiago estaba cerrado. Unas luces destellantes y unos pivotes impedían tomar la nacional, que seguía cortada por los tractores limianos. Como entre dos pivotes había suficiente separación, el coche se adentró por ese acceso arrebatado durante más de un día al tráfico. El reloj daba la una de la madrugada. Circular por este primer tramo de la nacional era como hacerlo por un vial fantasma. Al llegar a la gasolinera de O Viso, la barra luminosa de la Guardia Civil obliga a detenernos. «É mellor que deixe o coche aquí na gasolinera e suba andando pola estrada», dijo el agente. Pues allí quedó el vehículo. La gasolinera estaba cerrada. Tuvo un mal miércoles al cortarse el tráfico por allí. Comenzaba una breve caminata por la calzada. Al fondo, Ourense en su baño de luz. Un poco más adelante, recortados en la oscuridad, los furgones policiales. «¿Hay alguna novedad?», preguntaba un guardia antidisturbios como ansiando que aquello acabara. Más allá, la masa de tractores imponente y detenida sobre el asfalto. En alguno, su conductor se distraía con la radio. El resto, tertuliaban agotados delante del mesón O Viso. El miércoles fue especial para este negocio, que hizo buena caja con tantos cafés, bebidas, comidas y cenas de una jornada casi eterna. Un día tenso porque así lo quiso el poder político de turno. Ya abandonaba el comedor Puga luciendo un blanco collarín. Los palos recibidos se transformaron en dolor cervical, tendinitis y magulladuras varias. «Tiñan que vir a por min e viñeron. Pensaron que se me separaban do grupo a cousa iría a menos pero non foi así». En una de aquellas tertulias, Rudesindo Casas se adaptaba al collarín. Fue llevado al hospital por recibir golpes en una pierna delicada en la que fue operado de tromboflebitis. «Por qué un cidadán no pode circular a pé?», se pregunta. Los médicos le dijeron que si ayer la pierna cogía mal color, que ingresara en el hospital. Por fortuna no sucedió así. «O pior de todo é que nos fixeron sentir a cada un de nós como se fóramos uns delincuentes», lamentaba este hombre. Había cenado con ellos el presidente de la Cámara Agraria de Pontevedra, Germán Santalla: «Se este conselleiro o que nos ofrece é a vara, atopará a resposta dos agricultores e da sociedade galega non disposta a que niguén ande coa vara», dijo. Victorino Fernández, de Xinzo, aún tenía fuerzas para valorar la jornada: «Foi longa pero somos moi duros e seguimos aguantando. Sentimos esta trampa na que nos meteron como ó zorro». Fernando Rivero ardía: «O día foi jodido porque este corte non era para esperalo. Ir a Santiago tranquilos, chegar á nosa provincia e ver esto...». Emilio Fernández decía, solo, ante un café: «Enganaronnos e aquí quedamos entrancados».