Hola Manuel. Diez años desde esa mañana gris en la que en la que tu mirada se apagó para siempre, tu corazón dejó de latir, y el mío se congeló. Que difícil se hace seguir y aceptar que ya nunca escucharé tu sonrisa ni me miraré en tus ojos, ni dirás… mamá.
¿Sabes? En el cielo tengo una estrella especial, le puse tu nombre, le pregunto cómo estás, y qué tal te va en ese largo viaje que iniciaste a la aurora triste de otoño, te fuiste a la luz del alba con el canto de los pájaros, para comenzar a navegar por esas maravillosas zonas australes, creando siluetas virtuales y efímeras, explorando las hermosas constelaciones del hemisferio celeste, interactuando y volando por los diferentes territorios del firmamento. Creo que te sientes bien, surcando la inmensidad del universo con alegría y sin dolor.
No sé cuándo, pero llegará el momento que volveremos a vernos y fundirnos en un abrazo eterno, caminaremos juntos a través de las galaxias, contemplaremos los meteoritos en el espacio, esparciendo pétalos de mil colores y bailaremos un vals girando con los luceros alrededor de la luna. Mientras tanto, seguiré hablando contigo cada día, y abrazando al cielo cada noche, dejando que las estrellas acaricien mi soledad sin ti.
Me gustaría que esta cruda realidad fuera un sueño y mirarme en tus ojos al despertar, pero, no estás, te has ido para siempre, ya nunca volverás.
Me dejaste la esencia de tu ser y de tu amor.
Sé feliz orbitando errante por la inmensidad del universo, observando el globo terráqueo desde el infinito. Te quiero.