El sector en la zona reclama claridad en los protocolos y flexibilizar los ERTE
26 abr 2020 . Actualizado a las 05:00 h.Más de cuarenta días después las terrazas están vacías, las verjas bajas y más incertezas que realidades sobre cómo y cuándo las medidas de desconfinamiento permitirán la reapertura de la hostelería y la restauración. En Deza y Tabeirós-Terras de Montes el estado de alarma generó decenas de Expedientes de Regulación de Empleo (ERTE), con algunos establecimientos intentando mantener un mínimo de actividad con la venta de comida a domicilio. Pero el paso del tiempo intensifica la preocupación sobre la viabilidad de reabrir sus negocios, mientras se siguen acumulando gastos y no se percibe claridad por parte del Gobierno central sobre la desescalada. La Voz constató un sentimiento generalizado entre la resignación y el cabreo. Así lo están viviendo en primera persona algunos hosteleros de las comarcas.
Natalia Guzmán regenta el restaurante O Refuxio en Merza, además de los chiringuitos de A Carixa. De inicio aplicó un ERTE para sus siete empleados «porque non quedou outra e aínda non lles pagaron nada». Ahora vive con la incertidumbre de no saber si deberán esperar al final de año, como no hace días se insinuaba, para volver. «Prefiro que sexa así que abrir a medias porque sería moito peor», apunta Natalia, que para los meses fuertes del año desde mayo -también cuenta con cátering- tenía en cartera en torno a 120 eventos entre bautizos, bodas, comuniones o comidas familiares aprovechando reencuentros estivales. Apunta que todavía muchas de las personas que reservaron se resisten a anular. «Ao principio tiven ansiedade pero agora desfruto cos nenos na casa», apunta. Lejos quedarán las cien comidas diarias cuando pueda reabrir, además de demandar flexibilidad con los ERTE porque se puede encontrar con dificultades de inicio ante la previsible caída del volumen de negocio, apuntando en su caso permisividad para derivar por ejemplo personal del restaurante a los chiringuitos.
Jaume García está al frente del Velis Nolis de A Estrada, un pequeño restaurante. Tras un ERTE para sus dos empleados, ve muy complicado su futuro y no solo por la previsible tardanza en la autorización para levantar la verja. «Estamos tirando de ahorros para intentar capear la situación pero tengo un local pequeño, de 60 metros cuadrados y si obligan a una reducción drástica de aforo tendré que plantearme si decidó seguir, porque ya llevo tres cambios casi obligados y no quiero otro», comenta. Su único posible alivio radica en dar más uso a la galería interior del espacio comercial donde está ubicado su local. Incluso se plantea tener que recurrir a otro tipo de hostelería, como la comida a domicilio e incluso trabajar para otros y cerrar su negocio.
En Lalín, Xaime Rodríguez Trigas regenta los bares Kubos y JJ, reconociendo que serán de los últimos. «Se a hostalería é o último en abrir vai ser compricado seguir e aguantar», expone, preguntándose cómo va a quedar este tipo de negocios por las limitaciones de aforo. Insiste en que los bares son lugares de socialización, de tocarse, de palabras y «a xente vai ter medo ao principio». En uno de sus locales, el JJ, sus reducidas dimensiones solo permiten tres mesas que podrían casi desaparecer, aunque la terraza exterior puede ser la tabla de salvación para mantenerlo abierto. Respecto a Kubos, apunta que quizás toque bajar de 150 a 40 plazas.
Otra cuestión que preocupa a Rodríguez Trigas alude a cómo funcionarán los locales los sábados, el día de mayor facturación y que permite aguantar el resto de la semana. Cree que se resentirá el volumen de público, temeroso también de salir. Por ello augura que la hostelería tenderá a incrementar la tendencia ya existente de abrir menos horas y con menos personal. Las pruebas de cócteles para la nueva carta y la formación están marcando su cuarentena ante ese futuro incierto.
Silvia Otero está al frente de O Candil de Silvia en la zona de los vinos de A Estrada. Para ella, «el futuro laboral en la hostelería está muy negro, no sabemos nada y si no podemos abrir a fin de año costará seguir abiertos». En especial si se aplican medidas muy restrictivas de aforo y protección en el local, de unos 50 metros cuadrados. «Perdimos las Santas Tapas, la Sidra, el Salmón,... Yo estoy sola, tenía únicamente personal eventual, pero mantener la rentabilidad será muy difícil», asevera.
En el restaurante Villanueva de Lalín, por su parte, apostaron por mantener abierta su cocina con comida para llevar, con platos variados e incluso cocido en fin de semana, como apunta Ramón García, en busca de mantener un hilo de actividad.