La ferretería con más encanto de Lalín

Rocío Perez Ramos
Rocío Ramos LALÍN / LA VOZ

LALÍN

miguel souto

Carlos Fernández Castro mantiene intacto el establecimiento que padre abrió hace 69 años

01 nov 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Tanto la fachada de la casa como el bajo donde esta la ferretería lalinense que regenta Carlos Fernández Castro (Lalín, 1947) se conservan intactas y ajenas al paso del tiempo. Abrió sus puertas en septiembre de 1950 bajo el nombre de Ferretería La Nueva. Un cartel que hace ya años que no luce en la pared desnuda.

La inauguró el padre de Carlos Fernández, Victorino Fernández Lamazares, natural de Carballeda de A Veiga (Lalín). Para Victorino el comercio no fue su primera profesión. Antes de esto fue revisor de Autocares Sieiro. El propietario falleció y él, explica su hijo, acabaría casándose con su viuda y poniéndose al frente de la firma hasta que la vendieron pasando a ser Autocares Pereira.

Carlos Fernández cuenta que «cando venderon os autocares, puxo a ferretería e miña nai tiña unha fonda». Cuando Fernández Castro nació, apunta, «aínda non había ferretería» y él se hizo cargo del negocio familiar «cando cumprín 18 anos». Su padre dejó la tienda al jubilarse por enfermedad cuando aún no llegaba a los 60 años pero antes que él, explica, «estivo ao cargo un medio irmán meu maior que e que a deixou cando atopou outro choio en Vigo».

Desde su mayoría de edad y hasta hoy, que ya cuenta con 72 años recién cumplidos, Carlos Fernández se viene encargando de una ferretería que continúa siendo paso obligado de los vecinos, a los que este lalinense atiende con esmero y aconseja sobre el uso de productos, menaje o herramientas. Cuando uno entra se encuentra con un largo mostrador coronado por una tabla de una sola pieza de varios metros de largo que resiste los embates del paso del tiempo. Detrás, una enorme estantería guarda la mercancía. No faltan infinitos cajones para ocultar todo tipo de tornillos, postigos y un mundo infinito de piezas pequeñas. El local, apunta Fernández Castro, está tal cual desde que se abrió. La única aportación nueva, además de los cambios obligados de mercancía que se va adaptando a la demanda, es una estantería metálica en el otro frente de la tienda. Es el único comercio de Lalín que mantiene intacta su esencia. Antes que ferretería, el local fue la librería Alvarellos, que hace años que se mudó a otro bajo casi enfrente de este.

Carlos Fernández recuerda los años dorados del negocio y aquellas ferias de Lalín con fama en gran parte de Galicia y que contaban con visitantes que «viñan pola mañá e quedaban ata a noite». «Daquela -cuenta- estábamos catro para atender e agora ata sobro eu». No cerraban para comer y no daban abasto a vender. Hasta aquí llegaban autobuses hasta de Curtis. Eran unos años en los que se demandaba un poco de todo, especialmente todo tipo de herramientas «porque aínda non había as cooperativas do campo». A hoces, azadas, horcas, hachas o machetes se sumaban «ferramentas que antes mercaba todo o mundo e que agora case ninguén usa como son as tenaces e serróns que antes saían a punta pala». En verano las ventas crecían con las compras de los emigrantes.

Uniformado con una impoluta bata azul, Carlos Fernández continúa despachando la mercancía empaquetada en papel de periódico. En la ferretería vende todo tipo de menaje de cocina, incluidos los destinados a la elaboración del cocido o los postres de Entroido de todos los tamaños, incluidos algunos XXL.

Dentro de la sección de menaje cuenta este comerciante que una de las cosas que más se venden son «os pratos e as pezas de porcelana, que causan furor e ata os poñen para servir nalgún restaurante de Madrid». Son algunas de las piezas vintage que se pueden encontrar en este establecimiento. De uno de los cajones, Carlos Fernández saca otras piezas que ahora serían de coleccionista como un sacacorchos americano y un abrelatas con un diseño de antaño que continúa siendo muy eficaz.

Las viejas básculas originales y la tienda despierta la admiración de muchos visitantes de paso que en estos años aprovecharon para inmortalizar el comercio y a su propietario con imágenes que, en algún caso, acabaron en alguna exposición en tierras portuguesas. El local continúa alquilado a la misma familia, en este caso a los herederos de los dueños primigenios.