A las heroínas invisibles

LALÍN

09 mar 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Día de la Mujer Trabajadora. Basta con poner la festividad en el calendario para que la jornada parezca teñirse de neones luminosos y resuenen en todos lados los discursos teñidos de palabras que alaban el coraje de las mujeres, su tesón, su entrega, su papel de madres, de esposas, de amantes, de emprendedoras, de trabajadoras.

Pasa la fecha y se apagan los fuegos artificiales. Como ayer me decía Celia: «que nos den igualdade e menos celebración». Y como ella, ayer muchas piensan en la discriminación en sueldos y de oportunidades que sigue lastrando la vida laboral de muchas mujeres. Alguna amiga se preguntaba sabiamente si lo del día «será porque traballamos toda a vida e non paramos nunca».

Pensaba en ella y en todas esas generaciones de mujeres (la de nuestras madres sin ir más lejos) que a lo mejor no cotizaron o lo hicieron poco pero cuya jornada laboral fue siempre, casi desde niñas, de veinticuatro horas sin descanso ni vacaciones que cobran las pagas extras en besos y abrazos. Aquellas que empezaron arrimando el hombro en casa hasta que se hicieron cargo de la suya propia y aún hoy, sobrepasada con creces la edad de la jubilación, siguen tirando del carro del suyo, del de sus hijos, y en muchos casos del de sus nietos. Obreras invisibles sin sueldo, ni fijo ni variable, que si cotizaran en bolsa no habría parqué que lo resistiera porque no hay coeficiente capaz de valorar su trabajo, su entrega, su esfuerzo y sobre todo la sonrisa y el amor con el que se enfrentan a su labor cada jornada.

A las emprendedoras, a las que no se rinden nunca, a las que se enfrentan con valentía a la vida. A todas. ¡Felicidades, hoy y todos los días!.