En palabras de Manuel Murguía -extrapolables a Liñares- podíamos decir que durante largos años reinó el silencio, apenas turbado por el chillido de los pájaros y los vientos suspirando en las grandes salas en otros tiempos pobladas de armoniosas voces. «?Háyanse allí algo de austera y santa soledad solo posible dentro de los antiguos monasterios, de los cuales eran hermanos por el destino, los castillos y las viviendas señoriales».
El esmerado cuidado que ponían sus propietarios en la conservación de los pisos, solados por gruesos y pulidos tablones de castaño, duros como hueso, por ser madera frondosa del país, de corte y seca a la antigua usanza, con clavazón al estilo del siglo XVIII, se manifiesta en las frecuentes recomendaciones para su conservación que sabemos transmitían al personal doméstico: poco fregar que se pudren los pisos.
Este simple hecho, en apariencia poco relevante, contrasta vivamente con lo que acontecería tiempo después, en que el acumulo de polvo y humedad sobre el maderamen durante los largos periodos invernales, los desperfectos en la cubierta, convertidos en permanentes, con entrada de aguas pluviales, sumados a la falta de ventilación, abocaron irremisiblemente en la podredumbre total de los pisos, máxime después del supremo abandono de los últimos años. No fue el tiempo el causante de su ruina interior, sino la ausencia de los Taboada, después de casi medio milenio como Señores de Liñares.
Relación con la condesa de Pardo Bazán
Los vínculos de la condesa con la Tierra de Deza se establecieron de forma temprana a la edad de 16 años al contraer matrimonio con madura precocidad en 1868 con el joven estudiante de Derecho José Quiroga Pérez de Deza, del pazo de Quintela en Catasós, Lalín, desde donde según el destacado arquitecto Miguel Durán Loriga Salgado, llegaría a escribir algunos capítulos de su novela Los pazos de Ulloa.
La amistad que manutuvo la condesa de Pardo Bazán (1851-1921) con los señores de Liñares; de las relaciones sociales compartidas en importantes actos y de sus visitas a la morada lalinense, dejó un escrito de difusión nacional exaltando sus valores y el carisma de sus propietarios.
La gran prosista gallega, cuya aportación a la literatura española la constituyen más de cincuenta volúmenes y 1.500 artículos periodísticos, tenía por costumbre enviar a Liñares sus publicaciones con dedicación manuscrita, así como hacerlos partícipes de sus acontecimientos familiares.