A Carmen Reboredo y a José Mouriño les gustaría tener con ellos a la madre y al hermano de Carmen, aunque son conscientes que de momento no pueden.
Erundina Lalín y Manuel Reboredo están ingresados en una residencia. Carmen Reboredo dice que «sabe lo del incendio y que murió el señor _refiriéndose a Amador Fernández que falleció asfixiado_ pero cree que nosotros estábamos en el hospital con quemaduras y que Pepe nos tenía que cuidar a Sonia y a mí y ahí quedó la cosa». Explica que «no se enteró de que con Sonia pasó lo que pasó y si lo llega a saber ya se quedaría en el momento porque a la niña le quería muchísimo. La madrina a la niña y la niña a la madrina».
Carmen Reboredo añade que «Todos. Todos en conjunto nos queríamos muchísimo, pero no en ese momento, un trastorno. En ese momento, no tenía motivo para hacer eso. No sé que pasó por mi mente. Es una situación muy dura y una hija tanto como le quieres». Señala que «la tenía mimadita a lo máximo, en todo, no le faltaba de nada, no le faltaba de nada. Ropa, comidas, de todo, era el chichi de la casa. Las comidas que ella quería. Le decía Sonia que te hago de comer por que había alguna cosa que no le gustaba».
Carmen enumera sus platos favoritos, la comida especial que le hacía «a mi niña» y a «a las personas mayores, que unos no comían igual que los otros, uno tenía diabetes, otro no podía tomar sal. Mi hermano tenía la tensión muy bajita y mi madre la tensión por las nubes».
Con Erundina y Manuel hablan, dicen, «todas las semanas» ya desde A Lama. Carmen señala que «Pepe me decía que la llamara todas las semanas pero a mí me costaba mucho, me derrumbaba. Lloraba a diario y llamar a mi madre era difícil, quedaba por los suelos». Explica que Erundina a ratos está lúcida y otros un poco ida «ella que estaba como una chiquuita de quince años o de veinte , con todo el sentido». Carmen comenta que a veces la confundía con Sonia y ella le seguía hablando dejando que creyera que hablaba con su nieta. Carmen cuenta que estos días cuando habló con ella «la mamá quiere venir para casa, me dijo a ver cuándo me venís a buscar que quiero ir junto a las vacas» y le pregunta por los vecinos.
Mouriño señala que «tenemos muchas ganas de ir a verlos» y solo están pendientes de que les den el coche del taller. «Desde la cárcel estábamos llamándolos todas las semanas y en contacto con la directora del centro preguntando como iban», indica, y les consta que «están muy muy atendidos y muy cuidados.
Al preguntarles si creen que sus vecinos entenderán lo que pasó, Mouriño apunta que «eu entendo que as cousas a bote pronto non son fáciles de entender porque foi unha cousa moi forte da noite para mañá» y apunta la presión a la que estaba sometida Carmen con tanta gente mayor a su cargo y con una larga lista de patologías. Carmen señala que «a mí mi médica ya me recomenda: Carmen tienes que coger dos días para ti, no puedes estar pendiente de Amador, de tu madre, de tu hermano, pero yo que iba a hacer».
A ellos se añadió su suegro durante muchos años y que se murió con 94. Habla de ellos con afecto pero enumera sus dolencias y no acaba. Los gritos de su hermano día y noche «como si estuviesen cortándolo con un cuchillo» y que « se oían a un kilómetro». Las úlceras de unos, las curas, los espasmos de garganta que hacían que se pareciese que se ahogaba, de otro y las innumerables citas médicas.